Los dos días previos a la boda fueron una lenta inmersión en un sueño febril. Me convertí en una muñeca de porcelana en manos de extrañas. Mujeres de rostros impasibles me bañaron, me perfumaron y me enfundaron en un vestido blanco de seda que sentía como un sudario. Cada cepillado del cabello, cada pasada de pintalabios, era un acto de violación a mi voluntad. Yo permitía todo, conservando mis fuerzas en lo más profundo de mi ser, detrás de una máscara de resignación tallada en hielo.
Ruggero