El amanecer llegó con una dulzura que no creí posible después de la tormenta. La luz se filtraba entre las cortinas del despacho, bañando todo en un resplandor dorado y pacífico. Me desperté antes que él, encontrando mi mejilla apoyada en su pecho, mi brazo rodeando su torso como si temiera que, al dormir, se desvaneciera. Su respiración era profunda y regular, un ritmo que mi cuerpo reconocía como el latido fundamental de mi mundo. Por primera vez en semanas, la casa no crujía con amenazas, si