La paz de la mañana se había esfumado, reemplazada por una calma tensa y vigilante que envolvía la casa como una segunda piel. Desde el estudio, con la ventana abierta, observaba a Gabriel y Valentina en el jardín. Su risa, despreocupada y brillante, era un recordatorio agonizante de todo lo que estaba en juego. Ya no luchábamos solo por nuestro matrimonio, ni siquiera por la verdad. Luchábamos por este pedazo de inocencia, por su derecho a reír bajo el sol sin que sombras ajenas los alcanzaran