Mundo de ficçãoIniciar sessãoDante Moretti no nació en una cuna de oro, pero sí bajo el ruido de los motores. Hijo de un mecánico de aviación italiano que emigró con las manos vacías, Dante creció en los hangares de los aeropuertos de carga. Mientras otros niños jugaban con pelotas, él aprendía a desarmar turbinas y a leer mapas de navegación.
Su padre murió en un accidente laboral que la empresa para la que trabajaba cubrió con mentiras legales, dejando a Dante y a su madre en la miseria absoluta. Ese fue el día que el brillo verde de sus ojos se volvió frío: juró que nunca más volvería a ser la víctima de un hombre con traje y poder.
Dante Moretti se mantuvo en silencio, dejando que la luz del estudio revelara los detalles de la mujer que tenía frente a él. Con una lentitud casi intimidante, la recorrió con la mirada de pie a cabeza, deteniéndose en su ropa prestada y en la dignidad herida que emanaba de su postura.
—Usted no parece una mujer que suela dormir en paradas de autobús —dijo Dante, con su voz profunda resonando en las paredes del estudio—. Tiene una elegancia que ni siquiera la lluvia pudo borrar. Así que dígame de una vez... ¿De dónde me conoce? ¿Y por qué parece que ha visto a un fantasma al escuchar mi nombre?
Asley sintió que el aire se volvía pesado. Guardó silencio, bajando la mirada un instante hacia sus manos, que aún conservaban el rastro del frío de la noche anterior. El nombre de Moretti había sido el centro de todas las pesadillas financieras de su hogar durante años.
—Yo... yo sé quién es usted porque escuché su nombre todas las noches durante los últimos cinco años —respondió ella, levantando la vista con una mezcla de vergüenza y orgullo—. Mi nombre es Asley. O al menos lo era. Hasta ayer, yo era la esposa de Tristan Gibson.
El silencio que siguió fue absoluto. Dante se sorprendió; fue apenas un destello en sus ojos verdes, un ligero tensar de su mandíbula cuadrada, pero para un hombre que siempre tenía el control, ese segundo de asombro fue una eternidad. Dejó la carpeta que sostenía sobre el escritorio y dio un paso hacia ella, invadiendo su espacio personal.
—¿La esposa de Gibson? —repitió él, su voz cargada de una incredulidad afilada. Cómo es posible que la esposa de Tristan Gibson estuviera sola con su hijo en la calle, bajo una tormenta, sin un peso en el bolsillo y con el alma rota?
Asley apretó los puños, sintiendo cómo el nudo de humillación en su garganta finalmente se soltaba para dar paso a una cruda honestidad. Bajó los hombros, agotada de fingir una fortaleza que la noche anterior le había arrebatado.
—No tengo por qué mentirle, señor Moretti. Mi presencia en esa acera no fue un accidente ni un malentendido —dijo ella, con una voz que recuperaba su firmeza a pesar del dolor—. Tristan me sacó de mi propia casa sin ninguna compasión. Me lanzó a la calle en medio de la tormenta, con nuestro hijo en brazos y dos maletas, como si fuéramos escombros de una vida que ya no le interesa.
Dante no se movió. Su mirada verde permaneció fija en ella, procesando la brutalidad de lo que acababa de escuchar. En el mundo de los negocios de alto nivel, las traiciones eran moneda corriente, pero la crueldad doméstica era algo que despertaba en él un desprecio profundo.
—¿Sin compasión? —repitió Dante, su voz bajando a un tono peligroso—. Un hombre que abandona a su propia sangre bajo la lluvia no es un líder, es un cobarde con suerte.
—Él cree que se deshizo de una carga —continuó Asley, barriendo una lágrima rebelde con el dorso de la mano—. Me dijo que yo no estaba a su altura, que se casaría con alguien que sí lo estuviera. Me dejó sin acceso a mis cuentas, sin transporte, sin nada. Logró quedarse con todo mediante un juego sucio de documentos que me obligó a firmar bajo promesas de amor que nunca fueron reales.
Dante soltó una risa seca, un sonido cargado de un cinismo oscuro. Caminó un paso más hacia ella, invadiendo su espacio personal con esa mezcla de aroma a sándalo y poder que lo caracterizaba.
Dante mantuvo la mirada fija en ella, en un silencio sepulcral que parecía pesar más que la misma tormenta de la noche anterior. Luego le preguntó.
—¿Vas a dejar a Tristan sin castigo? ¿Vas a permitir que use todo lo que construyeron juntos para empezar de nuevo mientras tú no tienes nada?.
Asley apretó los puños. La pregunta de Dante no buscaba consolarla, buscaba encender la rabia que ella intentaba contener. Y funcionó. Al recordar la mirada de asco de Tristan, el dolor se transformó en una sed de justicia que no sabía que poseía.
—No —respondió Asley, con una voz que recuperó una firmeza gélida—. No voy a dejar que se salga con la suya.
Dante asintió, sus ojos brillando con una victoria anticipada.







