La noche cayó sobre la mansión Moretti trayendo consigo una calma que contrastaba con el terremoto político y financiero que el matrimonio acababa de desatar en la ciudad. Tras cenar con el pequeño Leo y asegurarse de que estuviera profundamente dormido en su cama cálida y segura, Asley se retiró a la biblioteca. Necesitaba silencio para procesar que el primer gran paso de su justicia ya estaba dado.
Vestía una bata de seda color perla que fluía a su alrededor con suavidad. Con una taza de té entre las manos, se acercó al gran ventanal de la biblioteca, el mismo lugar donde tres meses atrás había firmado el contrato que cambió su destino. Afuera, la llovizna persistía, pero el cristal templado de la mansión mantenía el frío a una distancia segura.
El sonido suave de la puerta abriéndose la hizo girar la cabeza. Dante entró al estudio. Se había quitado el saco gris de la licitación y llevaba las mangas de su camisa blanca remangadas hasta los antebrazos, revelando la tensión de sus músculos. Su corbata estaba floja y su cabello, usualmente impecable, lucía ligeramente desordenado. Se veía imponente, pero despojado de la armadura corporativa.
—Elena me informó que las acciones de Skyline Empire acaban de desplomarse un cuarenta por ciento en el cierre del mercado nocturno —dijo Dante, su voz profunda rompiendo el silencio—. Los bancos están llamando a Tristan para ejecutar las garantías de los aviones hipotecados. Mañana al amanecer, su junta directiva exigirá su renuncia.
Asley dejó la taza sobre la mesa auxiliar y suspiró, sintiendo un extraño vacío mezclado con alivio.
—Pensé que me sentiría más feliz al escucharlo —confesó ella, mirando el reflejo de Dante en el vidrio—. Pero ver la destrucción de lo que alguna vez ayudé a construir solo me recuerda el tiempo que perdí creyendo en un fantasma.
Dante caminó hacia ella con pasos lentos y decididos, rompiendo el espacio personal que usualmente mantenían como una regla no escrita de su acuerdo. Se detuvo a escasos centímetros de ella, obligándola a levantar la vista para encontrarse con la intensidad de sus ojos verdes.
—No perdiste el tiempo, Asley. Fuiste el suelo de un hombre que no merecía tus raíces —dijo Dante, y su tono bajó a un registro oscuro y magnético que hizo que el corazón de Asley diera un vuelco—. Pero el suelo ya no recibe pisadas. Ahora eres tú la que vuela.
Dante extendió una mano y, con una delicadeza que desarmó por completo la coraza de Asley, acarició su mejilla con el dorso de sus dedos. Su tacto era cálido, firme, y el aroma a sándalo que siempre lo acompañaba pareció adueñarse de todo el aire de la biblioteca. Asley no retrocedió. Al contrario, cerró los ojos un segundo, inclinándose sutilmente hacia el calor de su mano, reconociendo que ese hombre, temido por todo el mundo de los negocios, era el único que la había blindado del frío.
—Nuestro contrato... —empezó a decir Asley en un susurro, abriendo los ojos para mirarlo—, decía que esto era solo una alianza de guerra.
—El contrato se escribió con tinta, Asley —respondió Dante, dando el último paso que los separaba. Su otra mano se posó en la cintura de ella, firme y posesiva, pero sin una pizca de la sumisión a la que Tristan la había acostumbrado—. Pero la forma en que me miras, y la forma en que yo no puedo apartar los ojos de ti desde la noche en que te encontré bajo la lluvia... eso no lo redactó ningún abogado.
Asley colocó sus manos sobre el pecho de Dante, sintiendo el latido rítmico y acelerado de su corazón bajo la fina tela de la camisa. En ese instante, la sed de venganza contra Tristan quedó sepultada bajo el peso de un deseo nuevo, real y devastador.
Dante inclinó el rostro lentamente, dándole el espacio para apartarse si así lo quería, pero Asley acortó la distancia. Cuando sus labios finalmente se encontraron, el beso no tuvo la frialdad de un pacto comercial ni el apuro de una transacción. Fue un beso profundo, lento, cargado del fuego que se había estado cocinando a fuego lento durante tres meses de complicidad y batallas compartidas. Era la entrega de dos almas que se habían encontrado en la tormenta y que ahora reclamaban su propio refugio.
Cuando se separaron, Dante mantuvo su frente apoyada contra la de ella, respirando el mismo aire.
—Ya no eres mi aliada, Asley —murmuró él con una posesividad que la hizo temblar—. Eres mi esposa. Y de esta fortaleza, nadie te vuelve a sacar.
Lejos de allí, en un departamento alquilado de prisa y con las maletas a medio hacer, Tristan Gibson contemplaba las llamadas perdidas de sus acreedores en la pantalla de su teléfono. Estaba solo, con la botella de whisky barata a medio terminar y el peso de una quiebra inminente sobre los hombros. Pero en la mansión Moretti, el fuego en la chimenea de la biblioteca iluminaba el inicio de una historia que ya no le pertenecía. La guerra de Asley había terminado, pero su vida al lado de Dante acababa de empezar.