El sonido del teléfono desconectado seguía flotando en el aire de la biblioteca como una declaración de muerte. Asley permanecía inmóvil, con las manos presionadas contra el borde del escritorio de roble. Las palabras de Tristan sobre Leo se repetían en su mente como un eco venenoso, pero el miedo no logró paralizarla; en su lugar, una furia materna, fría y calculadora, terminó de sepultar cualquier rastro de la mujer piadosa que alguna vez fue.
Dante guardó su teléfono celular en el bolsil