El sonido del teléfono desconectado seguía flotando en el aire de la biblioteca como una declaración de muerte. Asley permanecía inmóvil, con las manos presionadas contra el borde del escritorio de roble. Las palabras de Tristan sobre Leo se repetían en su mente como un eco venenoso, pero el miedo no logró paralizarla; en su lugar, una furia materna, fría y calculadora, terminó de sepultar cualquier rastro de la mujer piadosa que alguna vez fue.
Dante guardó su teléfono celular en el bolsillo del saco. Su rostro ya no expresaba rabia; se había transformado en una máscara de piedra tallada, desprovista de cualquier emoción humana. Caminó hacia el gran ventanal y observó el jardín, donde las luces de seguridad comenzaban a encenderse de manera automática.
—No va a acercarse a él, Asley —dijo Dante, sin girarse. Su voz era un susurro grueso, peligroso—. La seguridad de la escuela de Leo fue triplicada desde el día en que firmamos el acta de matrimonio. Pero el simple hecho de que haya pronunciado su nombre en una amenaza... es un error que no le voy a perdonar.
Asley caminó hacia él. Sus pasos sobre la alfombra persa eran firmes, decididos. Se detuvo a su lado y, por primera vez, fue ella quien buscó el contacto físico. Tomó el brazo de Dante, apretando el tejido de su saco con fuerza.
—¿Qué vas a hacer, Dante? —preguntó, mirándolo fijamente a esos ojos verdes que ahora lucían oscuros, casi negros.
Dante se giró lentamente, bajando la vista hacia ella. Colocó su mano sobre la de Asley, transmitiéndole un calor que contrastaba con la frialdad de sus intenciones.
—Lo que debí hacer desde la noche en que te encontré empapada en esa parada de autobús —respondió él, con una calma que erizaba la piel—. En el mundo corporativo, a los hombres como Tristan se les quita el dinero. En mi mundo, a los hombres que amenazan a mi familia se les quita el derecho a caminar libres. Voy a terminar con esto hoy, Asley.
Antes de que ella pudiera replicar, la puerta de la biblioteca se abrió con suavidad. Marco, el jefe de seguridad personal de Dante, entró al recinto. Llevaba una tableta electrónica en la mano y un semblante de absoluta eficiencia.
—Señor —informó Marco, inclinando la cabeza con respeto—, la señal de la llamada fue rastreada. Gibson usó un teléfono público cerca de los muelles de carga del puerto viejo. Nuestros hombres en la zona confirman que su auto está estacionado detrás del almacén número cuatro. Está solo, consumiendo alcohol y armado con un revólver de calibre corto.
Dante asintió, una sola vez, con un movimiento seco de la cabeza.
—Prepara el vehículo blindado. Solo tú y dos hombres más conmigo. No quiero un espectáculo masivo. Quiero discreción.
—Entendido, señor. El auto espera en el sótano —Marco dio media vuelta y se retiró con la misma velocidad con la que había entrado.
Dante se volvió hacia Asley. El silencio regresó al estudio, pero ya no era un silencio de incertidumbre, sino el preludio de una ejecución. Él la tomó por los hombros, obligándola a sostenerle la mirada.
—Quédate aquí con Leo. No salgas de la mansión por ningún motivo. Elena tiene órdenes de sellar las puertas blindadas en cuanto mi auto cruce el portón. Confía en mí, Asley. Cuando regrese, Tristan Gibson será solo un mal recuerdo en tu biografía.
Asley lo miró, sintiendo el latido desbocado de su propio corazón contra su pecho. La vulnerabilidad de Tristan lo había convertido en una rata acorralada, pero Dante era el cazador perfecto. Ella se inclinó hacia adelante y presionó sus labios contra los de él en un beso rápido, pero cargado de una posesividad feroz.
—Regresa a salvo —susurró ella contra sus labios—. Recuerda que ahora eres el pilar de este equipo.
Dante soltó una media sonrisa triunfante, le dedicó una última mirada cargada de devoción y peligro, y salió de la biblioteca con paso firme. El sonido de sus zapatos perdiéndose por el pasillo central fue la señal para que Asley tomara el mando de la casa.
Caminó hacia la sala de juegos, donde Leo continuaba construyendo su pista con total inocencia. Asley se sentó en el suelo junto a él, acariciando sus rizos oscuros mientras escuchaba, a lo lejos, el rugido del motor del auto negro de Dante alejándose a toda velocidad hacia el puerto. La primera fase de la venganza de la Señora Moretti había sido con guante blanco; la última fase se escribiría con la justicia implacable del hombre que ahora la gobernaba.