El clic definitivo de las puertas blindadas abriéndose en el garaje subterráneo de la mansión fue el sonido que Asley estuvo esperando durante la hora más larga de su vida. Se puso de pie de inmediato, dejando atrás el sofá de la sala de estar donde había estado fingiendo leerle un cuento a Leo, quien ya se había quedado profundamente dormido bajo la vigilancia de Elena en la habitación contigua.
Asley llegó al gran recibidor justo en el momento en que Dante cruzaba el umbral. Su abrigo oscuro venía salpicado por las finas gotas de la lluvia del puerto y su cabello lucía ligeramente húmedo, pero su postura volvía a ser la del hombre implacable que dominaba el mundo exterior.
Al verla, Dante se detuvo. Se quitó los guantes de cuero y los dejó sobre la mesa de la entrada, mientras su mirada verde recorría el rostro de Asley, buscando cualquier rastro de angustia. No encontró ninguno; los ojos cafés de su esposa brillaban con una expectativa ardiente y helada a la vez.
—Te lo dije en el auto, pero quería que me lo escucharas decir de frente —dijo Dante, su voz profunda y rítmica llenando el espacio—. Se terminó, Asley. La policía federal ya lo tiene bajo custodia en la alcaldía central. Marco se aseguró de que los cargos por la agresión y las auditorías de fraude quedaran sellados esta misma noche. No hay fianza que lo saque de ahí.
Asley soltó un aire que no sabía que estaba reteniendo. Caminó hacia él, deteniéndose a solo centímetros de su pecho. El aroma a sándalo mezclado con el frío de la lluvia nocturna la envolvió por completo, pero esta vez, no sintió la distancia protocolaria del contrato.
—¿Qué dijo él? —preguntó en un susurro, levantando la vista.
Dante extendió una mano y acunó el rostro de Asley, acariciando su pómulo con el pulgar. Sus ojos verdes brillaron con una satisfacción oscura.
—Gritó que todo era suyo. Que tú eras suya. Se arrastró en el asfalto del muelle suplicando por una piedad que él nunca te tuvo a ti ni a Leo —respondió Dante, bajando el tono a un registro íntimo y magnético—. Murió por su propio orgullo, Asley. Ahora solo queda el cadáver de su reputación.
Asley colocó sus manos sobre los hombros de Dante, sintiendo la firmeza de su cuerpo. El recuerdo de la parada de autobús, del frío calándole los huesos y de las maletas empapadas con los restos de su dignidad pareció disolverse por completo, quemado por el fuego del presente.
—Ya no somos un equipo de guerra, Dante —murmuró ella, con una sonrisa gélida y perfecta que se transformó en algo mucho más cálido al mirarlo—. La guerra terminó.
—No, ya no somos un equipo de guerra —coincidió Dante, y sus brazos rodearon la cintura de Asley, pegándola a su cuerpo con una posesividad feroz que la hizo contener el aliento—. Ahora somos los dueños del cielo que él intentó usar para pisotearte. Mañana, las portadas no hablarán de la quiebra de Skyline Empire; hablarán de la expansión de Atelier Moretti sobre las cenizas de la aviación.
Dante inclinó el rostro y capturó sus labios en un beso que selló el final del pasado. Ya no era el sello de un pacto comercial, sino la promesa de un imperio compartido. Asley respondió al beso con la misma intensidad, sabiendo que el hombre que la había cobijado bajo su paraguas negro aquella noche de tormenta se había convertido en su fortaleza definitiva.
Mientras la ciudad se enteraba por los despachos de prensa del colapso total de Tristan Gibson, en la suite principal de la mansión Moretti, Asley se miró al espejo por última vez esa noche. Ya no quedaban sombras. La Señora Moretti estaba en la cima del mundo, y a su lado, el hombre más poderoso de la industria cuidaba que nadie volviera a rozar siquiera el suelo de su nuevo reinado.