Mundo ficciónIniciar sesiónEl cambio fue tan drástico que Asley se sentía mareada. Del asfalto frío y la lluvia castigadora, había pasado a un santuario de mármol, luces cálidas y ventanales que mostraban la ciudad desde una altura que antes solo Tristan frecuentaba. Pero este lugar no era el hogar que ella había construido; era un penthouse elegante, minimalista y cargado de una sofisticación masculina que la intimidaba.
Asley se quedó de pie en medio de la estancia principal, aferrando a Leo contra su pecho. Sus zapatos empapados dejaban pequeñas huellas de agua sobre la alfombra de diseñador, y por un momento, el instinto de ama de casa la hizo sentir culpable por ensuciar, hasta que recordó que ya no tenía una casa que cuidar.
—¡Elena! —llamó el hombre con voz firme, pero sin gritar.
De inmediato, una empleada de uniforme impecable apareció. El desconocido no necesitó dar largas explicaciones; su autoridad era natural, casi magnética.
—Trae toallas secas para la señora y el niño. Prepara chocolate caliente y algo ligero de comer. Y asegúrate de que la habitación de invitados esté lista de inmediato —ordenó, mientras se quitaba el abrigo mojado, revelando un físico fornido bajo su camisa de vestir.
Asley estaba asustada, encogida sobre sí misma como un ratoncito acorralado. Sus ojos cafés claros viajaban de las manos del hombre a la inmensidad del lugar. ¿Quién era él? ¿Por qué la había recogido? En su mente, la traición de Tristan todavía gritaba, diciéndole que nadie hacía nada a cambio de nada.
La empleada se acercó con suavidad y le entregó una toalla gruesa y blanca. Con manos temblorosas, Asley empezó a secar el cabello de Leo, quien ya no lloraba, pero miraba todo con los ojos muy abiertos, refugiado en el regazo de su madre.
El hombre de los ojos verdes se mantuvo a una distancia respetuosa. Se sirvió un poco de agua y la observó. Su mirada no era despectiva como la de Tristan; era analítica, como si estuviera leyendo un mapa de dolor que ya conocía.
—No voy a hacerle daño —dijo él, rompiendo el silencio con esa voz profunda—. Sé que en este momento el mundo le parece un lugar hostil, pero aquí está a salvo.
Asley tragó saliva, sintiendo el calor del chocolate que Elena ponía sobre la mesa frente a ella.
—¿Por qué? —logró preguntar Asley, su voz apenas un susurro quebrado—. ¿Por qué ayudar a una desconocida que no tiene ni un peso para pagarle?
El hombre dio un paso hacia la luz, y sus ojos verdes brillaron con una intensidad casi metálica.
— Tranquila, no le cobraré, ahora necesita descansar.
Elena le pide que la siga, La habitación era un espacio vasto, decorado en tonos arena y carbón que exhalaban una calma que Asley no sentía. La empleada, Elena, le ayudó a cambiar al pequeño Leo con ropas suaves que parecían haber sido preparadas con una anticipación inquietante. Una vez que el niño, agotado por el llanto y la tormenta, se quedó profundamente dormido en la inmensa cama, Asley se sentó a su lado, sintiéndose más pequeña que nunca.
La noche se extendió como un desierto de sombras. Asley se quedó sentada en el borde de la inmensa cama, observando el pecho de Leo subir y bajar con parsimonia. El contraste era insoportable: el silencio absoluto del penthouse frente al ruido ensordecedor de los gritos que aún resonaban en su cabeza.
Todo le parecía tan irreal.
Hace apenas unas horas, ella estaba ajustando los cubiertos de plata y oliendo el perfume del salmón fresco, convencida de que su única preocupación era si el vino estaría a la temperatura adecuada. Ahora, se encontraba en la casa de un extraño, con la ropa prestada y la vida hecha pedazos.
Se levantó con cuidado de no despertar al niño y caminó hacia el ventanal que iba del techo al suelo. Desde allí, la ciudad se veía como un mapa de luces titilantes, indiferente a su tragedia.
"¿Cómo no lo vi venir?" —se preguntó, apretando los brazos contra su pecho.
Tristan no solo la había dejado; la había borrado. Había usado su conocimiento legal y su poder para convertirla en una extraña en su propia historia. Al recordar sus ojos azules cargados de desprecio, un escalofrío le recorrió la espalda. "Una mujer a mi altura", había dicho. La crueldad de esa frase era un veneno que no la dejaba descansar.
Las horas pasaron lentamente, de repente, el sol de un nuevo día apareció, tocan la puerta y Asley se apresura a abrir.
Elena entró en la habitación con una bandeja de plata, moviéndose con una discreción absoluta. El aroma del café recién hecho y el pan tostado inundó el aire, rompiendo el ambiente denso y melancólico que la noche había dejado en el cuarto.
—Buenos días, señora.
—Gracias, Elena... —respondió Asley, su voz aún un poco ronca por la falta de sueño—. ¿Él... él está aquí?.
— Esta en el estudio— Responde la empleada.
Asley miró a Leo que aun dormía, y luego cierra la puerta de la habitación.
Elena caminó en silencio por el pasillo alfombrado, con Asley siguiéndola a unos pasos de distancia. A medida que se alejaban de la calidez de la habitación de Leo, el aire del penthouse parecía cargarse de una energía distinta: una de orden, poder y decisiones de alto nivel.
Se detuvieron frente a una imponente puerta de madera oscura. Elena asintió suavemente, dándole a entender que podía entrar, y se retiró con la misma discreción con la que había llegado.
Asley respiró hondo, ajustándose el suéter prestado que le quedaba un poco grande. Empujó la puerta y el suave aroma a cuero, sándalo y café la recibió de inmediato. El estudio era una pieza arquitectónica impresionante, con estanterías que llegaban hasta el techo y una vista panorámica de la ciudad que hacía que los edificios de alrededor parecieran juguetes.
Allí estaba él, sentado tras un escritorio de cristal negro. No llevaba el abrigo de la noche anterior; ahora vestía una camisa blanca impecable con las mangas ligeramente arremangadas, revelando unos antebrazos fuertes. Estaba concentrado en unos documentos, pero en cuanto Asley entró, levantó la mirada.
Esos ojos verdes la fijaron de nuevo con una intensidad que la hizo detenerse en seco.
—¿Ha descansado poco?.
—Mi hijo sigue durmiendo —dijo ella, tratando de que su voz no temblara—. Gracias por el desayuno y por... por todo esto. Pero necesito saber quién es usted.
—Mi nombre es Dante Moretti.
Asley sintió un vuelco en el estómago. Ese nombre lo había escuchado entre susurros tensos en las llamadas nocturnas de Tristan. Moretti era el hombre que le quitaba el sueño a su esposo, el competidor despiadado que estaba ganando terreno en el mercado europeo y que Tristan llamaba "el carnicero de las finanzas".
—Moretti... —susurró ella, retrocediendo apenas un centímetro.
—El mismo —confirmó él, sus ojos verdes brillando con una luz metálica.







