Mundo ficciónIniciar sesión—Te propongo un trato, Asley. Un trato que no solo te devolverá la dignidad, sino que te garantizará tres cosas que ahora mismo no tiene.
Dante levantó un dedo, marcando cada punto con una precisión quirúrgica:
—Primero, seguridad y un hogar. Mi casa será tu fortaleza. Nadie, ni Tristan ni sus abogados, podrán tocarte mientras estés bajo mi protección. Segundo, dinero. Tendrás los recursos necesarios para que a tu hijo no le falte absolutamente nada; borraré la palabra "necesidad" de tu vocabulario.
Hizo una pausa deliberada, acercándose a ella hasta que el aroma a sándalo y poder volvió a envolverla. Su voz bajó a un tono oscuro, casi magnético.
—Y tercero, lo mejor de todo: justicia. No esa justicia lenta que se compra en los tribunales, sino una que verás con tus propios ojos. Te daré la plataforma para que recuperes lo que es tuyo y destruyas la reputación de Tristan hasta que no quede nada de su orgullo.
Dante extendió su mano derecha hacia ella, esperando. No era un gesto de caridad, era una alianza de guerra.
—A cambio, solo quiero una cosa: Que seas mi esposa ante el mundo.
—¿Su... su esposa? —logró articular, con la voz apenas por encima de un susurro—. Usted ni siquiera me conoce. Apenas me rescató de la calle hace unas horas.
—No necesito conocer tu pasado para saber que compartimos un futuro: ver a Tristan Gibson caer —respondió Dante, sin que un solo músculo de su rostro se moviera—. Si aceptas ser mi esposa, te garantizo una casa que dejará a la mansión de Tristan como una choza de jardín. Te garantizo dinero ilimitado y la mejor educación para tu hijo. Pero, sobre todo, te garantizo que cuando entres a una habitación, Tristan tendrá que bajarte la mirada por respeto a mi nombre.
Se acercó de nuevo, acorralándola sutilmente contra la biblioteca de madera. Su aroma a sándalo y poder la envolvió por completo.
—Será un matrimonio por contrato. Una alianza de guerra. Tú obtienes el blindaje legal que necesitas para que no te quiten a tu hijo, y yo, el arma para destruir a Tristan. —¿Entonces qué dices, Asley? ¿Prefieres seguir siendo la víctima de Tristan o quieres convertirte en la mujer que lo destruirá bajo mi protección?.
Asley no lo dudó. No hubo rastro de la mujer sumisa que pedía permiso para hablar, ni de la esposa abnegada que esperaba a Tristan con la cena lista. En el fondo de sus ojos, la última chispa de duda fue sofocada por el recuerdo de la puerta de su casa cerrándose en su cara mientras Leo temblaba de frío.
—Acepto —dijo ella de inmediato.
La palabra salió de sus labios con una firmeza que hizo que Dante arqueara una ceja, visiblemente impresionado por la rapidez de su resolución. No hubo llanto, ni negociaciones, ni preguntas sobre el amor. Fue un pacto sellado con el fuego de la traición.
Dante soltó una media sonrisa, una que no llegaba a ser cálida, sino más bien triunfante. Dio un paso hacia ella, rompiendo la poca distancia que quedaba, y colocó una mano en el respaldo de la silla donde ella estaba apoyada, cercándola con su imponente presencia.
—Una decisión inteligente, Asley —murmuró él, y su voz profunda vibró con una satisfacción oscura—. A partir de este segundo, dejas de ser la exesposa desamparada de un mediocre para convertirte en la prioridad de un Moretti.
Se inclinó hacia ella, y sus ojos verdes brillaron con una intensidad depredadora.
—Tristan cree que el juego terminó anoche en la acera. No tiene idea de que acaba de entregarte las llaves de un arsenal. Mi equipo legal empezará a trabajar en los documentos del matrimonio civil hoy mismo. Quiero que cuando él intente notificarte cualquier proceso de divorcio o custodia, se encuentre con mi bufete de abogados y el peso de mi apellido protegiéndote.
Dante se enderezó y caminó hacia el teléfono de su escritorio, marcando una extensión corta.
—Elena —dijo con autoridad—, llama a la estilista y a los compradores personales. Quiero que preparen el vestidor de la suite principal para mi futura esposa. Y que traigan todo lo necesario para el niño. Desde este momento, ellos son los dueños de casa.
Colgó el teléfono y volvió a mirar a Asley.
—Mañana mismo nos casaremos en una ceremonia privada.
Asley caminó por el pasillo de regreso a la habitación, sintiendo que el suelo bajo sus pies ya no era de cristal quebradizo, sino de mármol sólido. Al entrar, el silencio del cuarto solo era interrumpido por la respiración acompasada de Leo, que seguía sumergido en un sueño profundo y ajeno a la tormenta que acababa de cambiar su destino para siempre.
Se sentó en el borde de la inmensa cama y observó el rostro de su hijo. Aún no lo podía creer. Hace apenas unas horas, estaba mendigando un refugio bajo la lluvia, y ahora, acababa de pactar un matrimonio con el hombre más poderoso y temido de la industria aérea.
—Todo va a estar bien, mi amor —susurró, acariciando el cabello del pequeño—. Ya nadie va a volver a cerrarnos una puerta en la cara.
La mañana de la boda no tuvo campanas de iglesia ni cientos de invitados falsos como el día que se casó con Tristan. Esta vez, el ambiente era de una eficiencia solemne, casi militar. El penthouse de Dante se había transformado en un altar de cristal y flores blancas que daban una sensación de paz que contrastaba con la guerra que estaba por desatarse.
Asley se miró al espejo, vestida con un traje de seda color marfil, de líneas tan puras y sofisticadas que la hacían parecer una aparición. No era el vestido de princesa que usó años atrás; era el uniforme de una mujer que iba a tomar el mando.
El momento más difícil llegó antes de salir al estudio. Leo, ya despierto y confundido por el movimiento de extraños en la casa, la miraba con sus grandes ojos oscuros mientras sostenía su juguete favorito.
—¿A dónde vamos, mami? ¿Vamos a volver a casa con papá? —preguntó el pequeño con esa inocencia que le partió el alma a Asley.
Asley se arrodilló frente a él, tomándole las manos. El nudo en su garganta era enorme, pero su decisión era de acero. Tenía que hacer justicia, no solo por ella, sino para que Leo nunca más tuviera que dormir con miedo al frío.
—No, mi amor. Vamos a empezar una vida nueva —le dijo, tratando de que su voz no temblara—. El señor Dante va a cuidarnos ahora. Él es un amigo que nos va a ayudar a que nadie más nos lastime. Es como un nuevo equipo, ¿entiendes?
Leo no entendía de contratos ni de venganzas, pero vio en los ojos de su madre una fuerza que nunca antes había visto. Asintió lentamente, aunque seguía aferrado a su mano.
La ceremonia fue extremadamente íntima. Solo estuvieron presentes un juez de paz, dos testigos que eran los abogados de confianza de Dante, y Elena. Dante la esperaba frente al gran ventanal. Llevaba un traje negro a medida que lo hacía ver como una deidad del poder. Sus ojos verdes se clavaron en ella cuando entró a la sala, y por un segundo, Asley sintió que aquel hombre no solo estaba firmando un documento, sino que realmente la estaba reclamando como parte de su imperio.
—¿Lista? —preguntó Dante en un susurro cuando ella llegó a su lado.
—Más que lista —respondió ella.







