Capitulo 14: No Mas

El rugido del motor del vehículo blindado disminuyó hasta convertirse en un ronroneo sordo a medida que se adentraba en la zona del puerto viejo. La lluvia fina de la noche regresaba, cubriendo los muelles con una neblina densa que distorsionaba las luces de los faroles industriales.

Dante permanecía en el asiento trasero, con la mirada fija en el asfalto mojado. Sus manos grandes descansaban sobre sus rodillas, completamente relajadas. A su lado, Marco revisaba el cargador de su arma reglamentaria antes de guardarla debajo de su abrigo de cachemir.

—El almacén número cuatro está a doscientos metros, señor —informó Marco en un susurro—. El auto de Gibson sigue ahí. Las luces están apagadas, pero los limpiaparabrisas se mueven de forma intermitente. Sigue adentro.

—Detén el auto aquí —ordenó Dante, su voz profunda cortando la penumbra—. No quiero que escuche el motor. Vamos a pie.

El vehículo se detuvo de manera suave junto a una fila de contenedores de carga oxidados. Dante bajó sin prisas, ajustándose el cuello de su abrigo oscuro. El viento del puerto, cargado de sal y humedad, le golpeó el rostro, pero sus ojos verdes permanecían fijos en la silueta del sedán gris de Tristan, estacionado de manera errática detrás del galpón abandonado.

Con pasos insonoros, Dante y sus tres hombres rodearon el perímetro. Al acercarse al auto de Gibson, el panorama era deplorable. A través de los cristales empañados, se distinguía la figura de Tristan tirada sobre el asiento del conductor. El otrora imponente CEO de Skyline Empire tenía la camisa manchada de licor, el cabello pegado a la frente por el sudor y una botella de whisky vacía en el piso del copiloto. En su mano derecha, sostenía con torpeza un revólver calibre .38.

Marco hizo una señal para romper la ventana, pero Dante lo detuvo con un movimiento de su mano enguantada. Caminó directamente hacia la puerta del conductor y, con un tirón seco y violento, la abrió de par en par.

El frío de la noche y el golpe del aire marino hicieron que Tristan reaccionara con un sobresalto desquiciado. Intentó levantar el arma, pero antes de que sus dedos torpes pudieran siquiera apuntar, Dante se inclinó hacia el interior del vehículo, le fracturó la muñeca con un movimiento quirúrgico y le arrebató el revólver, arrojándolo lejos, hacia las aguas negras del muelle.

Tristan soltó un alarido de dolor, tomándose la muñeca rota mientras caía de rodillas sobre el asfalto mojado, fuera del auto. El impacto contra el suelo frío pareció devolverle un destello de sobriedad. Levantó la mirada, jadeando, y se encontró con la imponente figura de Dante Moretti, quien lo miraba desde arriba como quien observa a una alimaña.

—¿Creíste que podías pronunciar el nombre de mi hijo en una amenaza y seguir respirando el mismo aire que nosotros, Gibson? —preguntó Dante. Su tono era plano, carente de rabia, lo que lo hacía mil veces más aterrador.

—¡Es mi hijo! —rugió Tristan, intentando ponerse de pie, pero uno de los hombres de Marco lo presionó contra el suelo, obligándolo a tragar el agua sucia de la acera—. ¡Asley es mía! ¡Todo lo que tienes era mío! ¡Me lo robaron!

Dante soltó una risa corta, gélida, que se perdió en el estruendo de una ola rompiendo contra el muelle. Se agachó frente a Tristan, tomándolo del cuello de la camisa arrugada con una fuerza descomunal, obligándolo a mirarlo directamente a los ojos.

—Te equivocas en cada palabra —siseó Dante, y el brillo verde de sus ojos destelló con una fijeza letal—. A Leo lo abandonaste en una parada de autobús bajo la tormenta. Perdiste el derecho a llamarte su padre en ese segundo. Y Asley... Asley nunca fue tuya. Solo fuiste el parásito que absorbió su talento hasta que ella decidió arrancarte de su vida.

Tristan tiritaba, no solo por el frío del puerto, sino por el miedo primitivo que comenzó a invadirlo al comprender que los tribunales y las demandas ya no lo protegerían aquí.

—¿Qué vas a hacer conmigo? ¿Me vas a matar, Moretti? —provocó Tristan con una valentía nacida de la desesperación—. Hazlo. Así tu perfecta esposa sabrá que estás manchado de sangre.

Dante lo soltó con un desprecio absoluto, poniéndose de pie con elegancia y limpiándose los guantes con un pañuelo.

—La muerte es un alivio demasiado rápido para alguien como tú, Gibson —sentenció Dante—. Quiero que vivas. Quiero que pases los próximos veinte años en una celda de máxima seguridad, viendo en las noticias cómo el apellido de tu padre desaparece y cómo Asley brilla en la cima del mundo que tú nunca pudiste alcanzar.

Dante se giró hacia Marco.

—Llama al jefe de la policía federal. Diles que el prófugo Tristan Gibson acaba de ser localizado intentando evadir la justicia en la zona portuaria. Entréguenlo con los cargos de fraude fiscal, falsificación de documentos y la agresión armada de esta noche. Asegúrate de que el juez reciba los archivos de la auditoría de los hangares del norte mañana a primera hora.

—Entendido, señor —respondió Marco, haciendo una señal a sus hombres para levantar a Tristan, quien gritaba maldiciones e insultos que se disolvían en la inmensidad del océano.

Dante caminó de regreso a su vehículo sin mirar atrás ni una sola vez. Subió al asiento trasero y, mientras el auto blindado se ponía en marcha alejándose del puerto, extrajo su teléfono celular y marcó el número de la mansión. El timbre no llegó a sonar dos veces antes de que la voz de Asley respondiera al otro lado de la línea.

—Está hecho, Asley —dijo Dante, permitiendo que la calidez regresara a su voz por primera vez en toda la noche—. La rata está en la jaula. Tristan Gibson no volverá a ver la luz del sol en mucho tiempo. Puedes apagar las luces de la fortaleza... voy a casa.

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