El rugido del motor del vehículo blindado disminuyó hasta convertirse en un ronroneo sordo a medida que se adentraba en la zona del puerto viejo. La lluvia fina de la noche regresaba, cubriendo los muelles con una neblina densa que distorsionaba las luces de los faroles industriales.
Dante permanecía en el asiento trasero, con la mirada fija en el asfalto mojado. Sus manos grandes descansaban sobre sus rodillas, completamente relajadas. A su lado, Marco revisaba el cargador de su arma regla