El trayecto de regreso a la mansión fue tenso. Aunque el cielo de la ciudad lucía un azul impecable, Asley no podía quitarse de la cabeza la advertencia de Dante. Miraba por la ventana de la limusina blindada, observando el tráfico con una mezcla de triunfo y cautela. Sabía de lo que era capaz Tristan cuando se sentía acorralado; el ego de su exesposo era una bestia peligrosa que, al verse herida de muerte, mordería a cualquiera con tal de no aceptar su propia mediocridad.
En cuanto el vehículo cruzó el portón de hierro, Asley sintió que el aire volvía a sus pulmones. Bajó de prisa y entró a la residencia.
—¡Mamá! —el pequeño Leo corrió por el pasillo del gran recibidor, esquivando una de las enormes vasijas de porcelana. Traía un avión de juguete en la mano, irónicamente uno de madera que Dante le había regalado dos días atrás.
Asley se agachó para recibirlo en sus brazos, aspirando el olor a colonia infantil que le devolvía la tierra firme. Lo abrazó con una fuerza casi desesperada.
—Hola, mi amor. ¿Cómo te portaste con Elena? —preguntó, besando su frente mientras lo ponía de pie.
—¡Muy bien! Construimos una pista de aterrizaje gigante en el jardín —respondió el niño, con los ojos brillando de entusiasmo—. ¿Dante va a venir a jugar hoy?
—Sí, campeón. Viene en camino —la voz profunda de Dante resonó desde la entrada principal, haciendo que ambos giraran la cabeza.
Dante entraba al recibidor, quitándose los guantes de cuero negro que solía usar para manejar. Su semblante era serio, rígido, pero en cuanto sus ojos verdes se posaron en Asley y el niño, las facciones de su rostro se suavizaron de inmediato. Caminó hacia ellos y le dio un breve golpe amistoso en el hombro a Leo.
—Ve a la sala de juegos un momento, Leo. Elena te preparó unas galletas. Tengo que hablar de negocios con tu mamá —dijo Dante con suavidad pero con una autoridad que el niño obedeció de inmediato, corriendo pasillo abajo.
Dante se giró hacia Asley. El espacio entre los dos se redujo a nada en dos pasos. Sus manos fueron directo a los brazos de ella, asegurándose físicamente de que estaba intacta.
—¿Estás bien? —preguntó, escaneando su rostro con esa intensidad felina que la hacía temblar.
—Te dije que sí, Dante. Tu chofer no despegó los ojos del retrovisor en todo el camino —Asley sonrió de lado, colocando sus manos sobre las solapas de su saco oscuro—. Estás demasiado paranoico. Tristan es un cobarde, lo dijiste tú mismo.
—Un cobarde con deudas multimillonarias y una pistola en la guantera de su auto es impredecible, Asley —replicó Dante, sin soltarla. Su pulgar acarició la línea de su mandíbula—. Mis informantes me dijeron que fue visto saliendo de su oficina con una caja de cartón y un aspecto deplorable. El juez firmó la orden de desalojo de su departamento esta misma tarde. Ya no tiene nada que perder. Y cuando un hombre no tiene nada que perder, se vuelve una plaga.
Antes de que Asley pudiera responder, el teléfono de la biblioteca —la línea fija y privada de Dante— comenzó a sonar con un timbrado chillón que cortó la intimidad del momento. Ambos se congelaron.
Dante caminó hacia el estudio con paso firme, seguido de cerca por Asley. Tomó el auricular de madera y oro, llevándoselo al oído sin decir una palabra. Solo escuchó.
Asley vio cómo la mandíbula de Dante se apretaba tanto que la piel se le puso pálida. Sus ojos verdes se oscurecieron, transformándose en dos rendijas de peligro puro.
—Tienes exactamente tres segundos para decirme por qué no debería enviar a mis hombres a enterrarte vivo en este mismo instante, Gibson —siseó Dante, y su voz bajó a un registro tan gélido que el ambiente de la biblioteca pareció congelarse.
Asley contuvo el aliento. Dante activó el altavoz del teléfono con un movimiento seco de su dedo índice.
—¿Moretti? —la voz de Tristan se escuchó al otro lado de la línea. Estaba pastosa, arrastrada por los efectos del alcohol, pero vibraba con una locura peligrosa—. Vaya, vaya... el gran lobo atiende su propio teléfono. Pásame a mi esposa. Quiero hablar con Asley.
—Ya no es tu esposa, infeliz —intervino Asley, dando un paso al frente, con la voz firme a pesar de la adrenalina—. Tu esposa te dejó esta mañana con las maletas hechas, ¿o ya se te olvidó? Hablas con Asley Moretti. Y estás llamando a la casa del hombre que te destruyó.
Una carcajada desquiciada brotó del altavoz, seguida del sonido de un trago siendo ingerido bruscamente.
—¿Moretti? ¡Por favor, Asley! Eres una costurera muerta de hambre que se vendió al mejor postor —escupió Tristan, el resentimiento destilando en cada sílaba—. ¿Creen que ganaron? ¿Creen que porque me quitaron los hangares y los contratos del gobierno me voy a quedar de brazos cruzados viendo cómo viven en mi gloria? Esa aerolínea era mía. Esos terrenos eran míos.
—Eran de mi padre, Tristan. Tú se los robaste falsificando su firma mientras él agonizaba en una cama de hospital —le recordó Asley, con los ojos cafés claros encendidos en pura furia—. La justicia solo tomó lo que es de la dinastía de la que me bajaste.
—¡Me importa un demonio tu padre! —rugió Tristan desde el teléfono, perdiendo los estribos por completo—. Escúchame bien, maldita zorra... y tú también, Moretti. Esto no se va a quedar así. Si yo voy a ir a la cárcel por la quiebra y los fraudes que me están inventando, no me voy a ir solo. Sé muy bien dónde guardas al mocoso. Sé a qué escuela va. Sé cuántos guardias tienes en la puerta.
Dante no dejó que terminara la frase. Con un movimiento fulminante, tomó el auricular y lo estrelló contra la base del teléfono, cortando la comunicación de golpe. El silencio que siguió en la biblioteca fue sepulcral, solo roto por la respiración agitada de Asley.
Dante se giró lentamente. La furia en su rostro había desaparecido, reemplazada por una calma quirúrgica, la calma de un depredador que acaba de fijar su objetivo final. Sacó su teléfono celular del bolsillo y marcó un número de tres dígitos.
—Marco —dijo Dante en cuanto contestaron—. Gibson acaba de amenazar a mi familia. No quiero que pase de esta noche. Encuéntralo. Trae su ubicación exacta en menos de una hora. Y prepara el auto negro. Voy a salir personalmente.
Asley miró a Dante, sintiendo un escalofrío que no era de miedo hacia Tristan, sino de asombro ante el monstruo que Dante estaba dispuesto a liberar por protegerlos. La fase de los tribunales y las licitaciones había terminado; Tristan Gibson acababa de cruzar la línea que separaba los negocios de la supervivencia, y en el terreno de la fuerza bruta, Dante Moretti era el rey absoluto.