El trayecto de regreso a la mansión fue tenso. Aunque el cielo de la ciudad lucía un azul impecable, Asley no podía quitarse de la cabeza la advertencia de Dante. Miraba por la ventana de la limusina blindada, observando el tráfico con una mezcla de triunfo y cautela. Sabía de lo que era capaz Tristan cuando se sentía acorralado; el ego de su exesposo era una bestia peligrosa que, al verse herida de muerte, mordería a cualquiera con tal de no aceptar su propia mediocridad.
En cuanto el ve