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Capitulo 11: No Me Quedaré Con Los Brazos Cruzados

El sol de la mañana se filtraba por las pesadas cortinas de la suite principal, tiñendo el mármol y las sábanas de un tono dorado. Asley abrió los ojos lentamente, sintiendo una calidez que hacía años no experimentaba. Al girarse, descubrió que el espacio a su lado estaba vacío, pero la marca en la almohada y el persistente aroma a sándalo confirmaban que la noche anterior en la biblioteca no había sido un sueño.

Se sentó en la cama, ajustándose la bata de seda. En la mesa de noche, junto a una taza de café humeante, había una pequeña nota con la caligrafía firme de Dante: “Tuve que salir temprano al hangar del norte. El papeleo de la transferencia está listo. El imperio de tu padre regresa a tus manos hoy. Te veo en la noche, mi Señora Moretti”.

Una sonrisa real, desprovista de la frialdad de los últimos meses, iluminó el rostro de Asley. Se puso de pie y caminó hacia el ventanal. El cielo estaba despejado; la tormenta finalmente había quedado atrás.

Sin embargo, a unas pocas cuadras de allí, el ambiente en las oficinas centrales de Skyline Empire era el de un funeral.

Tristan Gibson permanecía sentado detrás de su escritorio, con la corbata deshecha y los ojos inyectados en sangre. La mesa estaba inundada de notificaciones de embargo, cartas de despido de sus pilotos principales y el decreto oficial del gobierno que le retiraba la concesión de carga.

La puerta de su oficina se abrió de golpe, sin que la secretaria pudiera evitarlo. Entró su nueva esposa, con el rostro desencajado y una maleta de diseñador en la mano.

—¿Qué significa esto, Tristan? —chilló ella, arrojando un periódico financiero sobre el escritorio, donde la foto de Asley y Dante ilustraba la quiebra de la aerolínea—. ¡El banco acaba de congelar mis tarjetas de crédito! ¡Y hay hombres en la entrada de la casa diciendo que van a embargar los muebles!

—¡Cállate! —rugió Tristan, poniéndose de pie con un salto violento—. ¡Es solo un bache! ¡Mis abogados lo van a solucionar!

—¿Qué abogados, Tristan? —la mujer soltó una risa amarga y despectiva—. Tu bufete renunció hace una hora porque no tienes con qué pagarles. Me dijeron que estás en la ruina total. No pienso quedarme aquí a ver cómo te arrastras. Me voy.

Sin esperar una respuesta, la mujer dio media vuelta y salió de la oficina, haciendo resonar sus tacones por el pasillo. El sonido del portazo dejó a Tristan en un silencio sepulcral. Se dejó caer de nuevo en su silla de piel, enterrando el rostro entre las manos. Lo había perdido todo: sus aviones, su estatus, su dinero y el respeto de la gente que antes lo adulaba. Pero lo que más le carcomía las entrañas era saber que la responsable de su ruina era Asley, la mujer a la que consideraba una sombra insignificante.

Mientras tanto, en el taller de Atelier Moretti, el ambiente era completamente opuesto. Asley supervisaba los últimos detalles de su colección de alta costura junto a Elena. Los maniquíes lucían vestidos con cortes limpios, elegantes y poderosos, reflejo exacto de la mujer en la que se había convertido.

El sonido de su teléfono privado la interrumpió. Al ver la pantalla, su corazón dio un vuelco al leer el nombre de Dante.

—¿Dante? —respondió ella, alejándose un poco del bullicio de las costureras.

—Asley —la voz de él sonó a través de la línea, más profunda y protectora que de costumbre—. Los hangares del norte ya están registrados legalmente bajo el nombre de tu firma. Eres la dueña absoluta. Pero te llamo por otra cosa... Tristan acaba de abandonar el edificio de Skyline Empire. Mis hombres informan que está completamente desestabilizado. Quiero que regreses a la mansión de inmediato con Leo. No quiero que ese cobarde intente acercarse a ustedes en su desesperación.

—Estoy bien, Dante, no le tengo miedo —respondió Asley, apretando el teléfono con firmeza—. Ya no tiene poder para hacerme daño.

—Tú no le tienes miedo, pero yo no me arriesgo con lo que me pertenece —sentenció Dante con una posesividad gélida que, lejos de molestarla, le dio una profunda sensación de seguridad—. Mi chofer ya está afuera del taller. Sube al auto, Asley. Voy en camino a la mansión para reunirme con ustedes.

Al colgar, Asley miró su reflejo en uno de los grandes espejos del taller. La mujer sumisa que suplicaba por amor había muerto tres meses atrás. Ahora, protegida por el hombre más poderoso de la industria y armada con su propio talento, estaba lista para el acto final de esta guerra. Tristan Gibson estaba en el suelo, y ella no iba a detenerse hasta asegurarse de que no pudiera volver a levantarse.

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