El zumbido de los flashes fotográficos quedó atrás en cuanto las pesadas puertas blindadas de la limusina de Dante se cerraron, sepultando el ruido exterior en un silencio absoluto. El vehículo avanzaba con suavidad por las avenidas de la ciudad, pero dentro de la cabina, la atmósfera estaba cargada de una energía eléctrica que nada tenía que ver con los negocios. Asley mantenía la mirada fija en la ventanilla, observando las gotas de lluvia resbalar por el cristal tintado. Sus manos, firmemente entrelazadas sobre su regazo, todavía temblaban sutilmente. No era por miedo; era la adrenalina pura de haber visto el momento exacto en que los ojos de Tristan Gibson perdieron todo rastro de luz. La humillación pública había sido perfecta, matemática, letal. Dante la observaba desde el asiento contiguo. Su postura era relajada, pero sus ojos verdes, agudos como los de un felino en la penumbra, no se apartaban de cada uno de sus movimientos. Con un gesto pausado, extrajo un cigarro del est
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