Esa mañana, el cielo estaba cubierto por una fina capa de nubes. El aire olía a hospital, a desinfectante y a silencios rotos. En el interior del edificio, la rutina seguía su curso, pero para Demian Thompson, todo era distinto.
Llevaba el rostro vendado, oculto al mundo, pero por primera vez en semanas, sus pasos no se arrastraban. Caminaba con lentitud, pero con firmeza. A su lado, Mariam lo acompañaba en silencio, cargando los documentos de alta médica y su chaqueta doblada con cuidado sobre