Las horas en la sala de espera parecían eternas, como si el tiempo se hubiera congelado entre los latidos de la angustia y los suspiros contenidos. El tic tac del reloj colgado en la pared blanca era lo único que marcaba el paso de los minutos, y aun así parecía burlarse de todos.
Mariam permanecía sentada en la silla de ruedas, con las manos entrelazadas sobre su regazo, la transfusión aún conectada a su brazo. Su rostro estaba pálido, con ojeras profundas que revelaban no solo la pérdida de s