Mariam estaba algo preocupada. Nunca había dejado a sus pequeños por tanto tiempo y, aunque confiaba plenamente en la señora Thompson y en su hermana Agatha, el corazón de madre siempre encontraba razones para inquietarse.
Se arrodilló frente a Liam, su primogénito, y le acomodó un mechón rebelde de cabello.
—Pórtate bien, Liam —le pidió con ternura. Luego se inclinó hacia la pequeña y acarició la mejilla suave de su Melisa, que la miraba con grandes ojos inocentes.
Liam, en un gesto prot