El silencio en la sala era ensordecedor. Los inversionistas, empleados y directivos observaban a los dos hombres enfrentarse como si de una batalla final se tratara. El aire se cortaba con cuchillo, y cada palabra parecía dinamita a punto de estallar.
—¡¿Qué carajos pasa aquí?! ¿Cómo se atreven a reunirse sin mi autorización? —rugió Rolando, cruzando las puertas con el rostro desencajado, los ojos inyectados en furia.
Demian, de pie frente a la gran mesa de reuniones, lo miró con serenidad. No