Rolando soltó una carcajada mientras veía la entrevista de Kitty en su teléfono. Estaba sentado en su lujoso sofá de cuero, con un vaso de whisky en la mano. La joven había sido venenosa y precisa, como una serpiente bien entrenada.
—Definitivamente se odian —murmuró, divertido.
A Rolando le gustaba el caos ajeno, especialmente si no era él quien terminaba salpicado. Esa mañana, antes de dirigirse a su empresa, los medios lo esperaban en la entrada de su edificio. El escándalo por la muerte de