Dos meses después.
Del otro lado de la ciudad, una figura conocida descendía del automóvil con una sonrisa satisfecha.
Claudia había regresado.
El sol resaltaba su bronceado reciente y sus costosas gafas de sol cubrían sus ojos, pero no su arrogancia. Caminaba del brazo de su flamante esposo, con la elegancia de quien siente que el mundo le pertenece. La luna de miel había sido corta pero suficiente: no necesitaba amor, necesitaba poder… y ese anillo en su dedo era su mejor arma.
Ese día sabía