La empleada la miró con una mezcla de lástima y terror, sus dedos apretando los bordes de la bandeja hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
—Señorita Adeline, yo... —intentó decir, pero la voz se le quebró.
—Quiero ver a mi abuelo —insistió Adeline. No fue una petición; su tono fue seco, firme, sin dejar el más mínimo espacio para una negativa.
La empleada dudó un segundo más, hizo una mueca de amargura con los labios y, finalmente, bajó la cabeza en señal de derrota. Se hizo a un lado,