El sol de Santa Catalina parecía querer derretir el asfalto, pero el frío que sentíamos dentro del auto no tenía nada que ver con el clima. Santiago conducía un vehículo alquilado que había conseguido a última hora; el motor rugía con un esfuerzo metálico mientras nos alejábamos a toda velocidad de la casa de los Spencer. Mis padres, sentados en el asiento trasero, permanecían en un silencio sepulcral, con los rostros pálidos y las manos entrelazadas, procesando aún la violenta transformación d