El aire en la pista de aterrizaje vibraba no solo por el calor, sino por la hostilidad pura que emanaba de los tres hombres. Damián permanecía inmóvil, como una estatua de granito, mientras Santiago mantenía esa sonrisa ladeada que tanto irritaba a sus enemigos.
—Solté una risa irónica —dijo Damián, rompiendo el silencio con un tono cargado de veneno—. ¿En serio crees que nos vas a asustar con tus palabritas, Valentino? Déjame decirte algo: tú no eres el único que tiene poder en esta ciudad. ¿O