Colgué la llamada con el corazón martilleando contra mis costillas. El miedo en la voz de Adeline me había calado hasta los huesos, pero no podía permitir que el pánico me nublara el juicio.
—Santiago, Jasper vendrá aquí —solté sin rodeos.
Santiago despegó los ojos de la laptop, totalmente sorprendido.
—¿Cómo sabe ese idiota dónde estamos?
—Supongo que Valentino le habrá dado nuestra ubicación —respondí, caminando hacia la ventana para vigilar la entrada del hotel—. Estamos marcados, Santiago.