Me acomodé en el asiento de cuero de mi jet privado. El sonido de las turbinas empezó a invadir la cabina mientras las puertas se sellaban, aislándome del resto del mundo. El avión arrancó y, a través de la ventanilla, vi cómo la ciudad se iba haciendo cada vez más pequeña, reducida a un tablero de luces y concreto que yo dominaba.
Entonces, mi teléfono vibró.
Era el reporte de Mauricio. Había logrado interceptar y modificar el audio del video de seguridad, enviándome también la transcripción d