El sonido de la puerta del auto abriéndose fue como un disparo en el silencio sepulcral del aeródromo. No podía quedarme más tiempo allí, protegida por un cristal, mientras el hombre que destruyó mi vida se burlaba de nosotros. Salí del vehículo con la carta de Aurora apretada en mi puño, el papel crujiendo bajo mi fuerza. El aire caliente de Santa Catalina me golpeó el rostro, pero mi piel se sentía gélida.
Caminé con pasos firmes, ignorando el grito de advertencia de Damián. Me detuve frente