Mundo ficciónIniciar sesiónCamelia, una joven estudiante universitaria, ha aprendido a sobrevivir en un mundo que parece hecho para quebrarla. El vacío existencial y la manipulación han sido su constante: primero por su propia familia y luego por aquel a quien consideró el amor de su vida. Justo cuando su único deseo es graduarse y encontrar la paz que tanto ansía, un guapo extranjero aparece con una propuesta inesperada… una que podría resolver todos sus problemas. Pero, aceptar tiene un precio. ¿Está dispuesta a cruzar esa línea? Cuando la vida le ha arrebatado tanto, ¿realmente aún tiene algo que perder?
Leer másEsta no es solo mi historia. Es una cadena de tragedias que comenzó con una propuesta indecorosa, lanzada por un extraño de amplia sonrisa nacarada. Lo siguiente fue el acero helado de un quirófano, una luz cegadora y, un fuerte dolor físico y mental. Pero eso no fue lo peor, sino la perdida de mis dos mejores amigas: una atrapada en estado de coma, la otra desaparecida... O muerta.
Nos encontrábamos en Máncora, la ciudad del amor. No podía dar fe de ello, y en realidad pensaba todo lo contrario tras mi anterior experiencia, el año anterior me enseñó que el amor también puede mutilar. Sin embargo, no podía negar su belleza.
—¡Camelia! ¡Camelia! ¡Ven! —Las voces de Emi y Kiko se alzaban sobre el murmullo rítmico del océano.
La arena blanca y delgada se adhería a mis pies como escarcha fina, cada grano cosquilleando mi piel mientras la brisa templada me envolvía con una frescura que equilibraba el calor del verano. Aquí, el mar parecía evaporarse en el aire, creando un clima cálido, pero sin el agobio sofocante que reinaba en otras partes del país.
Respiré hondo. El salitre en el viento se filtró en mis pulmones, dejándome un sabor familiar en la boca. Alcé la mano para saludarlos, dejando mi libro de anatomía a un lado antes de correr hacia ellos.
Nos sumergimos en el agua, jugando como niños, empujándonos en el mar helado que nos recibía con su abrazo salado. Cada ola traía consigo un rumor lejano, como si el océano tuviera secretos que solo compartía con quienes lo escuchaban con atención.
—¡No me empujes, Kiko! —gritó Emi entre risas.
—¡Te lo mereces por robarme mi helado de mango ciruelo! —respondió él, salpicándola.
—¡Camelia, defiéndeme! —me pidió Emi, con esa dulce sonrisa tan característica en ella.
Treinta minutos pasaron entre risas y chapuzones, pero entonces una incomodidad sutil comenzó a latir en mi interior. No era solo el ardor de la piel expuesta al sol ni el peso del agua en mi cabello, sino algo más profundo. Una intuición que me decía que debía dejarlos a solas.
Desde hacía semanas, Emi y Kiko irradiaban esa energía inconfundible que precede a un cambio. El temor a perder la amistad que los unía desde niños se debatía contra el deseo de cruzar la línea que los separaba del amor. Y yo, preferí darles espacio.
—¿Estás bien, Camelia? —preguntó Emi, notando mi silencio.
—Sí… solo voy a caminar un poco. El mar me está hablando —mentí.
—¿Y qué te dice? —preguntó Federico, medio en broma.
—Que ustedes necesitan estar solos —respondí, sin mirar atrás.
Con un suspiro, pasé las manos sobre mis brazos, sintiendo la piel tibia y tirante por el sol. El ardor era apenas perceptible, pero en unos minutos, seguro se tornaría de un rojo inquietante. Tomé mi bolsa y me dirigí a una tienda cercana.
Al entrar, la atmósfera cambió por completo. El interior tenía un aire rústico, con paredes de madera y esteras que daban la sensación de estar dentro de un refugio secreto. El sonido exterior se amortiguó, dejando solo la melodía ochentera de la rocola que flotaba en el aire.
Me senté cerca de la barra con un helado de maracuyá. Su color vibrante resaltaba sobre la madera oscura de la mesa, y al probarlo, el sabor ácido y dulce a la vez explotó en mi boca como un estallido refrescante.
Justo cuando iba a sacar mi libro, una novela corta que compré al azar, una figura se interpuso en mi campo de visión. Era un hombre de piel tan blanca que el sol lo había marcado con un intenso tono rojo. Colorado, como solíamos llamarlos en Perú.
Se detuvo frente a mí, pidiendo permiso para sentarse.
—¿Puedo? —dijo, con una sonrisa que no tocaba sus ojos.
Un escalofrío me recorrió la espalda, y negué con la cabeza, mi voz perdida en algún rincón de mi garganta. La decepción cruzó fugazmente su rostro antes de desaparecer entre sus rasgos quemados por el sol, sin decir más, se alejó con grandes zancadas. Giré siguiendo su figura con la mirada mientras la distancia lo volvía cada vez más borroso.
Sentí la textura del helado derritiéndose entre mis dedos, el líquido frío se deslizó por mi piel antes de que lo lamiera con un suspiro. Volví a mi libro. La realidad del mundo exterior se fue difuminando entre sus páginas, envolviéndome en una historia que, por ahora, prefería habitar.
Pero la ficción no pudo sostenerme demasiado tiempo.
Un carraspeo interrumpió mi concentración. Levanté la vista, y ahí estaba de nuevo. El hombre colorado y esta vez no estaba solo. Junto a él, un hombre con uniforme policial se mantenía firme, con una expresión neutral pero imponente. Un instinto de alerta recorrió todo mi ser.
Algo que, si podía describir tal y como lo sentía, era el miedo y la confusión.
El hombre colorado me sonrió, un gesto controlado, pero tan amplio que se sentía premeditado. Su mirada tenía algo de diversión, como si tuviese calculada cada posible reacción mía.
—Buenas tardes, señorita —dijo el policía, su tono formal, aunque con un matiz de precaución—. Soy el agente Rodríguez y este hombre me ha contratado para conversar con usted. Ha solicitado mi presencia para garantizarle seguridad mientras hablan de un tema importante para él.
El aire en la tienda se volvió más pesado.
No respondí. A pesar de lo refrescante que fue el helado, ahora tenía la garganta seca. El colorado tomó la palabra y sin preámbulos, habló:
—Mucho gusto, señorita. Mi nombre es Adrien Giuseppe —su voz tenía un acento extranjero que no logré descifrar del todo, quizá italiano o portugués—. Estoy buscando una dama que me acompañe durante mis vacaciones en este pueblo costero. Antes de darme una respuesta, escriba en este cheque en blanco la cantidad de dinero que desea por acompañarme durante veintiocho días.
Colocó el cheque sobre la mesa junto a sus documentos de identificación y mi respiración se volvió irregular.
Apreté los dedos sin responder de inmediato.—Sí. Me aterra que algo le ocurra cuando yo no esté, que no me lo diga por no preocuparme. Pero también quiero evitarle altibajos emocionales por su estado.Estela asintió lentamente.—Temes que se repita lo que pasó con tu madre. Lo sé —dijo con suavidad, y su suspiro parecía lleno de memoria compartida, al menos no sonaba a reproche.Me quedé unos segundos observando cómo el vapor se desvanecía en el aire y luego levanté la cabeza con una determinación recién nacida.—Gracias por esta conversación, Estela. Camelia está muy emocionada por regresar, por ver a los suyos, reencontrarse con sus amistades… He leído que su pueblo es hermoso y quiero cumplirle ese deseo. Como ella dijo, siempre
Adrien.Después de que Camelia recibiera la tercera y última dosis de antibiótico vía endovenoso la noche anterior, concerté una cita con Estela. La mejor amiga de mi esposa, para el día siguiente.La mañana era húmeda, a pesar de los fuertes rayos del sol, en una ciudad contagiada por la fragilidad del alba. Donde era tan común salir a laborar incluso antes de que los primeros rayos del sol atravesaran el horizonte. Como Julia, una señora que debería estar retirada y descansando en casa. Sin embargo, vendía sándwich desde las dos de la mañana en la calle e incluso almuerzos completos. Y sí, desde esa hora tenía una alta clientela que se abastecía con sus manjares, mis favoritos estaban entre los de morcilla y los de plátano maduro con queso. Camelia por su parte, amaba los de salteado y palta con queso.Podía ver a Julia con el toldo rodeado de compradores, más de los que había en el pequeño restaurante cercano a nuestra casa, desde
Adrien se sentó en el borde de la cama, con las manos enlazadas en las mías. Me acerqué despacio, con el peluche aún contra mi pecho, su tela impregnada del calor reciente de mi regazo. Me senté a su lado, nuestras rodillas rozándose apenas como dos páginas que se encuentran por accidente en un libro viejo.—¿Te pesa algo más que el miedo? —pregunté con voz baja, casi como si no fuera mía, sino un pensamiento hecho sonido.Él giró hacia mí, sus ojos eran una mezcla de esmeralda y pequeñas motitas doradas brillaban en ellos, producto de las luces que se reflejaban en sus iris.—Me pesa no saber cómo proteger lo que me importa —murmuró—. Me pesa no llegar a tiempo, no entender si el silencio significa peligro o simplemente cansancio.Me incliné y de
Camelia.Estela se había quedado dormida en el asiento trasero de la camioneta, estaba agotada por su nuevo trabajo y por cuidarme hasta la madrugada, casi no había dormido y debía ir a trabajar en unas horas.Podía percibir el ambiente tenso y me movía intranquila en el asiento, aunque Adrien hablase tan dulce como siempre y su semblante se viese tan tranquilo, sus ojos se habían oscurecido y daban la sensación de que una tormenta ocurría en su interior.Sin más opción suspiré y me preparé para arreglar las cosas. Tomé su mano y le acaricié suavemente el dorso para inspirarle paz. Adrien me sonrió de vuelta con una brillante sonrisa que no llegó a sus ojos, decidida a no posponerlo más, le pregunté lo que ocurría.—¿Por qué estás tan preocupado?&nb
Finalmente, el guardia cedió y me dejó entrar, con la condición de salir en media hora. Y, si yo lo quería, me podía quedar en triaje, acompañándola.El ambulatorio tenía un aroma entre cloro y alcohol, se mezclaba con ese silencio hospitalario que se instala en las paredes como humedad. Caminé con pasos afanosos al área de observación, siguiendo los letreros algo descoloridos y esquivando al personal que cruzaba con papeles, bandejas o rostros tensos.El vigilante me seguía, convirtiéndose en una sombra amable que tejía excusas por mí. Se inventó una historia: “yo venía del extranjero para ver a mi esposa enferma y al bebé que ella llevaba”. A pesar de decirlo con teatralidad improvisada, la historia no era del todo mentira.De no ser por la angustia, habría reí
Adrien.Aterrado me recosté sobre el asiento rígido del aeropuerto, el metal frío de la estructura me atravesaba la espalda y perforaba mis huesos.Por más que le prometí a Camelia descansar esta noche y regresar en la mañana con calma, no podía hacerlo. El silencio del teléfono se alargaba como una cuerda tensa. Nadie sabía de ella. Y lo poco que supimos, fue que estaba enferma, con una infección estomacal, y eso se lo dijeron a Alexander en la clínica. Pero sus palabras eran tan vagas como el eco en un pasillo de hospital vacío, se marchó con los resultados y fue lo último que se supo de ella.Mi amigo movía sus redes con urgencia, quizás Camelia se quedó sin batería... siempre le terminaba pasando por distraída. Aunque ahora, su fragilidad era una caja de cristal suspendida en una cuerda, cualquier vi





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