Al día siguiente, Lyra recogía junto a Kael las pocas pertenencias del departamento. Cada rincón le provocaba un nudo en el pecho; esas paredes habían sido su refugio durante su vida en la tierra de los humanos. Con un suspiro largo y contenido, empacó el último plato.
—No veo necesario llevar esa vajilla, Lyra —dijo Kael, frunciendo el ceño.
—Fue nuestra primera vajilla, no hay que ser desagradecidos —resopló ella, rodando los ojos—. No entiendo por qué Rose no ha llegado aún…
Se acercó a la p