Atrapados en la penumbra
El sol de la mañana se filtraba con una agresividad insoportable a través de los ventanales de la ciudad, pero para Lia, la luz era un recordatorio de que estaba llegando tarde. Su respiración era errática, sus zapatos resonaban con desesperación sobre el mármol del lobby de la corporación Valenti. Había tenido una noche de pesadillas —o sueños, todavía no estaba segura—, y el cansancio le pesaba en los hombros como una losa de plomo.
Corrió hacia el banco de ascensores