Adrián tragó grueso. El nudo en su garganta pareció volverse de piedra al verla vestida de azul medianoche. La sofisticación que emanaba de ella en ese momento lo golpeó con la fuerza de un impacto físico. Deseó con todas sus fuerzas ser él quien la tomara del brazo, quien la exhibiera ante el mundo, quien descubriera qué había detrás de esa mirada herida.
—Se ve... hermosa, madre —admitió Adrián, con una voz que sonó más grave y pastosa de lo habitual, incapaz de apartar los ojos de la silueta