—Sí, estoy bien, abuelo... no se preocupe —respondió ella, forzando una respiración tranquila, aunque los ojos le escocían por la humillación.
El hombre, a quien Simón había llamado Fabián, dejó la copa vacía en una mesa cercana y se volvió hacia Lia con una expresión de absoluto remordimiento. Era un hombre joven, de facciones aristocráticas y una sonrisa magnética, con un parecido físico innegable a la familia Valenti, pero con un aura mucho más relajada y desparpajada que la de Adrián.
—De v