CAPÍTULO 8

CAPÍTULO 8

Alexander de la Vega entró en su oficina, se aflojó el nudo de la corbata y arrojó el saco de su traje sobre uno de los sofás de cuero italiano, ignorando a su secretaria, que intentaba recitarle la agenda del día.

— Cancela todo hasta el mediodía —ordenó sin detenerse—. Y que Damián venga a mi oficina. Ahora.

Se sirvió un café negro, fuerte y amargo, mientras se paraba frente al inmenso ventanal que dominaba la ciudad. Lucía Flores estaba operando a un perro, ajena a la tormenta que él estaba a punto de desatar sobre su vida.

La imagen de ella en el espejo retrovisor, desafiante, con los ojos verdes brillando de indignación y seguridad, se repetía en su mente. «No voy a compartir cama contigo».

Alexander apretó la taza de porcelana. Durante diez años, Lucía había sido un nombre en un papel, una firma en un cheque mensual, una solución legal a un problema de herencia. Había asumido que era una mujer gris, sumisa, agradecida por las migajas de su fortuna. Pero la mujer que l
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