CAPÍTULO 4El Maybach negro devoraba el asfalto mojado de la ciudad dormida, deslizándose como una sombra elegante entre las calles vacías. En el interior, Alexander de la Vega se aflojó el corbatín de seda que llevaba colgado al cuello desde la gala de la noche anterior. Se sentía sucio, no por falta de higiene, sino por esa capa de vicio y superficialidad que dejaban las noches de excesos sin sentido.Miró por la ventanilla, viendo pasar los edificios residenciales de clase media. Un paisaje ajeno a su ático de cristal.— Señor —dijo Damián, rompiendo el silencio desde el asiento del conductor—, ¿no deberíamos ir primero a la clínica a ver a su abuelo? Los médicos dijeron que está estable, pero ansioso.Alexander se pasó una mano por el cabello oscuro, frustrado.— No, Damián. Ya te lo dije. Mi abuelo abrió los ojos, preguntó si seguía casado y, cuando le dijeron que sí, exigió ver a mi esposa. No quiere verme a mí. Al menos, no solo a mí. Quiere ver el "milagro" de mi estabilidad e
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