CAPÍTULO 7
Alexander conducía el Maybach con una concentración feroz, sus nudillos blancos apretados sobre el volante de cuero. Lucía miraba por la ventanilla, viendo pasar una ciudad que despertaba, ajena al terremoto que acababa de sacudir su vida.
El aroma de la colonia de Alexander —una fragancia cara y masculina que olía a poder— llenaba el espacio, asfixiándola. Era un recordatorio constante de que, por primera vez en diez años, él había traspasado las fronteras de su mundo cuidadosamente