CAPÍTULO 96
Alexander no se había movido del coche.
A pesar de que su teléfono vibraba incesantemente en el bolsillo interior de su saco con notificaciones de correos urgentes. Se había quedado allí.
Había pasado un poco más de una hora. Cuando la puerta de metal se abrió con un chirrido.
Alexander se enderezó al instante, despegándose del coche.
Lucía salió.
No caminaba; flotaba.
Su expresión, que al entrar había sido una máscara de tensión y miedo, ahora estaba completamente iluminada. Parecí