45. La verdad que no puede ser silenciada
Aquella mañana, Londres amaneció envuelta en niebla y destellos de cámaras. Frente al hotel donde se alojaba Emma, decenas de periodistas ya se agolpaban, esperando una declaración oficial de la mujer que se había convertido en el centro del escándalo.
James estaba de pie junto a la ventana, observando a la multitud con la mandíbula tensa.
—¿Estás segura de que quieres hacerlo? —preguntó en voz baja, casi ahogada por el bullicio exterior.
Emma, sentada al borde de la cama, parecía tranquila. Ll