111. Líneas que se desplazan
La tarde llegó en silencio, dejando la casa bañada por una luz dorada que resultaba engañosa—demasiado hermosa para marcar la llegada de algo no invitado. James cerró la puerta y echó el seguro; el gesto ya era un ritual. Emma seguía sentada en el sofá, una mano sobre el vientre y la otra sosteniendo una taza ya fría.
—Voy a ducharme —dijo Emma—. Estoy un poco mareada otra vez.
James se giró enseguida.
—¿Quieres que suba contigo?
Emma negó con una leve sonrisa.
—Solo necesito agua caliente. Te