El pasillo del hospital todavía huele a desinfectante y silencio.
Lucy deja un beso suave en la frente de Quinn, quien, agotada, se ha quedado dormida con una sonrisa débil en los labios.
Le acomoda la manta con cuidado, asegurándose de que el relicario que le dio siga entre sus manos.
—Descansa, Quinn —susurra—. Prometo que haré todo lo que pueda por él… y por Poppy.
Pero en cuanto cierra la puerta de la habitación, la calma se desmorona.
El miedo regresa con fuerza, empujándola a moverse,