El pasillo del hospital huele a desinfectante y a madrugada.
Lucy corre, casi sin aliento, con una mano sobre su vientre abultado y la otra sujetando la placa de identificación que cuelga de su cuello.
El sonido de sus pasos retumba en el suelo encerado mientras esquiva enfermeros, camillas y miradas curiosas.
Cada segundo cuenta. Cada respiración duele.
Cuando llega frente a la puerta de la habitación, se detiene un instante para recuperar el aliento.
A través del pequeño vidrio puede ver el