Cuando Kenneth sale por la puerta, el silencio queda suspendido como una nube espesa en la habitación.
Es un silencio denso, pesado, tan brutal que los obliga a tomar aire con dificultad, como si la atmósfera misma estuviera contaminada por la amenaza que había dejado atrás.
Tanto Lucy como Sawyer se permiten, apenas por un instante, soltar el aire que llevaban reteniendo desde el momento en que Jenkins los había descubierto.
El vacío en sus pulmones es reemplazado por un oxígeno amargo, cargado de miedo y desconfianza.
Ninguno de los dos recordaba haber sentido un terror tan absoluto como ese.
No era un miedo físico, no era la amenaza de perder la vida en una cirugía compleja o la presión que los había acompañado en decenas de guardias interminables.
Era un miedo más íntimo, más cruel: la posibilidad de perderlo todo, de ver cómo sus carreras —por las que habían sangrado, sacrificado y llorado durante años— se desmoronaban en cuestión de segundos.
Había sido como observar un tr