La sala de juicio está colmada de un silencio tenso, cargado de respiraciones contenidas y miradas duras.
El mármol blanco del recinto, el olor a papel viejo y el crujido de las sillas al moverse crean una atmósfera de solemnidad implacable. Todo en esta sala grita justicia. Y también miedo.
Isabella se sienta en la primera fila de la parte reservada para las víctimas, los nudillos pálidos de tanto apretar sus manos.
A su izquierda está Alexander, vestido con un traje oscuro impecable, e