El murmullo de voces en la sala de reuniones de la fiscalía apenas logra contener la tensión que se respira en el aire.
Las luces frías del fluorescente iluminan con crudeza los expedientes apilados sobre la mesa, cada uno etiquetado con nombres, fechas y códigos que gritan una misma palabra: juicio.
Isabella se sienta en la silla rígida frente al fiscal principal del caso, el doctor Raúl Mercado, un hombre de rostro severo, gafas rectangulares y un temple imperturbable.
A su lado, su abogada