Una semana después...
Daniela miraba con fascinación a su mamá, mientras Damián le daba el último retoque al vestido que ella usaría en la fiesta esa noche.
El vestido corte sirena sin mangas estaba bordado en piedras color azul verde iridiscente, se entremezclaba con algunas trasparencias que marcaban el armonioso cuerpo de Samantha.
Su cabello castaño caía sobre su espalda descubierta.
—Mami... —dijo Daniela emocionada—. ¡Pareces una princesa! ¡Tío yo quiero un vestido igual al de mamá! —le exigió a Damián.
El diseñador le dio un beso en la mejilla y le sonrió.
—¡Por supuesto mi reina! Cuando crezcas te haré uno más bonito que este... ¡y todos los que quieras!
A un costado, Sebastián permanecía en silencio con los brazos cruzados.
—¿Por qué nosotros no podemos ir esta vez? —protestó, enojado—. Siempre vamos contigo a todas las fiestas. ¡No es justo!
Samantha lo miró apenada. Su hijo tenía razón. Ella jamás los dejaba, pero estaba vez era imposible llevarlos.
¿Cómo explicarles a sus