Esa misma mañana Martín también recibió la invitación a la fiesta. Y como Javier, también se sintió en la disyuntiva a la hora de decidir que hacer.
—¿Se puede saber qué te pasa ahora a vos que estás con esa cara? —preguntó Constanza frunciendo el ceño—. Hace una semana que venís arrastrando esa cara de velorio por toda la oficina. Ayer estabas un poco mejor y hoy, otra vez —soltó un suspiro—. ¿Me querés decir porque carajos terminaste con Samy?
Él la miró de soslayo.
—No terminé. Solo le di su tiempo para que pensara que es lo que quiere para su vida —dijo, mientras seguía leyendo un documento—. Eso es todo.
Constanza se desplomó sobre el asiento y se recostó mirando al techo.
—¡Ay pero que estupidez más grande! —espetó, enojada—. ¡Tiempo... tiempo! ¡Justamente lo que vos no tenés! Tenías la oportunidad de ir enamorándola y hacer que te conozca en esta faceta de novio ¿y qué hiciste? Se la dejaste en bandeja de oro al otro imbécil. ¡Sos un boludo con diploma, Martín!
El abogado meneó