La mansión Guerrero brillaba como si estuviera desesperada por recuperar su época dorada. Desde la entrada, las columnas blancas se alzaban impecables, iluminadas por lámparas de cristal que reflejaban destellos azulados contra el mármol negro recién pulido. El jardín delantero olía a jazmines y tilo, un aroma elegido por algún asesor de imagen para dar la idea de “riqueza tranquila”, aunque todos sabían que en esa familia la tranquilidad duraba lo mismo que un secreto.
Los ventanales estaban a