La mansión Guerrero brillaba como si estuviera desesperada por recuperar su época dorada. Desde la entrada, las columnas blancas se alzaban impecables, iluminadas por lámparas de cristal que reflejaban destellos azulados contra el mármol negro recién pulido. El jardín delantero olía a jazmines y tilo, un aroma elegido por algún asesor de imagen para dar la idea de “riqueza tranquila”, aunque todos sabían que en esa familia la tranquilidad duraba lo mismo que un secreto.
Los ventanales estaban abiertos, dejando escapar la música suave de una orquesta en vivo. Violines, champagne, y gente que levantaba la nariz para ver mejor... o para no respirar el mismo aire que la plebe. El salón principal parecía un museo; columnas corintias, arañas que costaban lo mismo que un departamento, y ese piso de mármol brillante donde cada paso hacía eco como si esperara aplaudir a la protagonista de la noche.
Y todos, absolutamente todos, habían venido por el mismo motivo: ver a Samantha. Verla triunfar,