París, veintitres años después...
Samantha tomaba un café en uno de los tantos lugares pintorescos cercanos al Sena, donde el aroma del café se mezclaba con el murmullo de la ciudad y una melancolía suave parecía flotar en el aire.
Había elegido ese sitio porque allí había pasado su luna de miel con Martín. Y también porque, antes de comenzar a escribir su nuevo libro, necesitaba unos días para detenerse. Para respirar.
Llevó la taza a los labios y sonrió al creer escuchar, a lo lejos, La vie en rose. En otro tiempo, esa canción había marcado el inicio de su historia.
Hacía apenas unos días, Daniela se había casado con Alexander, el hijo de un magnate naviero, en la isla de Capri. Samantha sonrió al recordar el rostro de Javier conduciendo a su hija hasta el altar.
Orgullo. Y también tristeza. Porque aquella niña que había sido siempre su punto débil ya era toda una mujer. Y para él, ningún hombre parecía suficiente para cuidarla.
Sonrió un poco más al recordar el día en que Alexander