París, veintitres años después...
Samantha tomaba un café en uno de los tantos lugares pintorescos cercanos al Sena, donde el aroma del café se mezclaba con el murmullo de la ciudad y una melancolía suave parecía flotar en el aire.
Había elegido ese sitio porque allí había pasado su luna de miel con Martín. Y también porque, antes de comenzar a escribir su nuevo libro, necesitaba unos días para detenerse. Para respirar.
Llevó la taza a los labios y sonrió al creer escuchar, a lo lejos, La vie e