Samantha se detuvo en seco.
La mano quedó suspendida en el aire, a medio camino de la puerta. Por un segundo pensó que había escuchado mal. Que era una confusión producto del despertar, del trauma, de los sedantes.
Pero no.
Javier la estaba mirando. De verdad. Con los ojos aún velados por el cansancio, pero con una lucidez que la desarmó.
—¿Qué…? —susurró ella, girándose despacio—. ¿Qué dijiste?
Él respiró hondo, como si cada palabra fuera un esfuerzo consciente. Frunció apenas el ceño, buscando dentro de sí algo que todavía no lograba ordenar del todo.
—Amelia —repitió—. Sos Amelia Spencer. La escritora.
El corazón de Samantha dio un golpe seco. No de miedo. De impacto.
Ese nombre. Ese pasado. Esa vida que había construido lejos, como una piel nueva y ahora, volvía para recordarle el enorme error que había cometido.
Pero no se sentía lista para hablar de aquello. No aun, con Javier en ese estado.
—No —respondió casi de inmediato—. Estás confundido. Tenés que descansar.
Intentó restar