Samantha se detuvo en seco.
La mano quedó suspendida en el aire, a medio camino de la puerta. Por un segundo pensó que había escuchado mal. Que era una confusión producto del despertar, del trauma, de los sedantes.
Pero no.
Javier la estaba mirando. De verdad. Con los ojos aún velados por el cansancio, pero con una lucidez que la desarmó.
—¿Qué…? —susurró ella, girándose despacio—. ¿Qué dijiste?
Él respiró hondo, como si cada palabra fuera un esfuerzo consciente. Frunció apenas el ceño, buscand