Damián no paraba de caminar de un lado hacia otro. La ansiedad invadía su alma, mientras esperaba noticias sobre Javier.
—¿Puedes detenerte un momento? —le exigió Alex, frunciendo el ceño—. ¡Haces que me ponga más nervioso de lo que ya estoy!
El diseñador, soltó una especie de bufido, desplomándose en el sofá. Miró a Alex, entrecerrando los ojos.
—¿Vos entendés que alguien trató de matar al susodicho? —susurró, mirando hacia la puerta, teniendo cuidado que nadie se asomara—. ¿Cómo podés pretender de qué esté tranquilo? ¡No puedo, simplemente...no puedo! No soy como vos que tiene esa sangre inglesa, fría como el hielo —reprochó.
El editor, parpadeó negando con la cabeza. Bajó su mirada al suelo, pensando que discutir con Damián era un caso perdido.
—Mi sangre, fría como hielo me mantiene con coherencia y entereza en este momento. Los chicos necesitan vernos tranquilos, no actuando como una señorita asustadiza —replicó—. Somos los adultos a cargo, Damián. No podemos dejar que Ana cargue