El sol de la mañana entró por los ventanales de la suite con una alegría que Isabella no compartía. Poco a poco, la consciencia regresó a ella. Se sentía extrañamente cálida, envuelta en un capullo de calor humano que olía a sándalo, jabón caro y... a peligro.
Isabella parpadeó, aclarando su vista. Lo primero que vio fue un tatuaje de una rosa negra entrelazada con una daga que subía por un brazo masivo. Sus ojos subieron un poco más y se encontraron con el torso desnudo y firme de Gabriel. Ell