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Capítulo 14: Gravedad, berrinches y un aterrizaje forzoso

 

El sol de la mañana entró por los ventanales de la suite con una alegría que Isabella no compartía. Poco a poco, la consciencia regresó a ella. Se sentía extrañamente cálida, envuelta en un capullo de calor humano que olía a sándalo, jabón caro y... a peligro.

Isabella parpadeó, aclarando su vista. Lo primero que vio fue un tatuaje de una rosa negra entrelazada con una daga que subía por un brazo masivo. Sus ojos subieron un poco más y se encontraron con el torso desnudo y firme de Gabriel. Ella estaba literalmente incrustada contra él; su cabeza reposaba en el hueco de su hombro y una de las piernas de Gabriel estaba entrelazada con las suyas, manteniéndola anclada como si fuera su posesión más preciada.

El cerebro de Isabella hizo cortocircuito. La humillación del mensaje de la noche anterior, la bofetada del amanecer pasado y el hecho de que él se hubiera desnudado frente a ella se amontonaron en su mente.

—¡Aaaah! —el grito de Isabella rompió la paz de la habitación.

Sin pensarlo dos veces, apoyó ambos pies en el pecho de Gabriel y, usando toda la fuerza de sus piernas y la adrenalina del susto, dio un empujón violento.

Gabriel, que estaba profundamente dormido después de haber pasado media noche velando su sueño, no tuvo tiempo de reaccionar. El empujón lo tomó desprevenido en el borde del colchón.

¡BUM!

El sonido del cuerpo de cien kilos de puro músculo de Gabriel chocando contra el suelo de madera fue épico. Hubo un silencio de dos segundos antes de que se escuchara un gruñido sordo desde el piso.

—¡Abusador! ¡Aprovechado! ¡Animal de monte! —gritó Isabella, sentándose en la cama y cubriéndose con la sábana hasta la nariz, como si eso fuera a protegerla de un hombre que ya lo había visto todo—. ¡¿Qué hacías tocándome?! ¡Dijimos que nada de contacto! ¡Eres un depredador, Gabriel Miller!

Una mano tatuada apareció desde el suelo, agarrándose al borde del colchón. Gabriel se levantó lentamente, frotándose la parte trasera de la cabeza con una mueca de dolor. Tenía el cabello revuelto y los ojos inyectados en sangre, pero no por furia, sino por la confusión de haber sido lanzado al vacío a las siete de la mañana.

—¿Qué demonios te pasa, Isabella? —rugió Gabriel, poniéndose de pie en toda su gloria desnuda, ignorando que la toalla se le había caído en el impacto—. ¡Casi me rompes el cuello!

—¡Vístete, por el amor de Dios! —chilló ella, lanzándole una almohada que él esquivó con un movimiento perezoso—. ¡Estabas abrazándome! ¡Me tenías secuestrada entre tus brazos! ¡Eso es abuso de confianza, es... es ilegal!

Gabriel soltó una carcajada ronca, una risa que irritó a Isabella hasta la médula. Se rascó el pecho, mirándola con una diversión insultante.

—¿Abusador? Nena, tú fuiste la que se pegó a mí como una lapa en cuanto bajó la temperatura a las tres de la mañana. Yo estaba tranquilamente en mi lado de la cama, respetando tu "espacio vital", y fuiste tú la que empezó a buscar calor. Parecías un gatito buscando refugio.

—¡Mentira! ¡Calumnias! —Isabella le lanzó otra almohada, esta vez con mejor puntería, dándole de lleno en la cara—. Yo duermo perfectamente sola. Tú te aprovechaste de que estaba dormida para arrastrarme hacia ti con tus... tus tentáculos de pulpo mafioso.

Gabriel atrapó la almohada y la dejó caer al suelo, caminando hacia la cama con un brillo travieso en los ojos que hizo que Isabella retrocediera hasta chocar con el cabecero.

—¿Tentáculos de pulpo? —Gabriel se apoyó en una rodilla sobre el colchón, inclinándose hacia ella—. Escúchame bien, Isabella. Si yo quisiera abusar de mi posición, no estaríamos discutiendo sobre quién abrazó a quién. Estaríamos demasiado cansados para hablar. Anoche lloraste en sueños, nena. Lloraste y me buscaste. Y yo, como el "bruto" que soy, decidí que no iba a dejar que pasaras frío ni miedo. Así que me aguanté las ganas de lanzarte por la ventana por tus ronquidos y te abracé. De nada, por cierto.

—¡Yo no ronco! —exclamó ella, indignada—. Y no te pedí que me salvaras de nada. Puedo llorar sola perfectamente, no necesito un guardaespaldas para mis pesadillas.

—Pues parece que tu subconsciente no está de acuerdo —Gabriel se acercó más, atrapando un mechón de cabello de Isabella entre sus dedos—. ¿Por qué te asusta tanto que te cuide? ¿Es porque te recuerda que Max nunca lo hizo? ¿O porque te recuerda que, a pesar de todo, te sientes segura conmigo?

Isabella sintió que la garganta se le cerraba. Odiaba cuando él se ponía analítico. Odiaba que tuviera razón.

—Me asusta porque no confío en ti, Gabriel. Un día me abrazas y al otro dejas que mujeres desnudas te manden fotos. No soy un juguete que puedas sacar de la caja cuando te apetezca y luego guardar.

—¡Ya te dije que ese teléfono está en el fondo de la trituradora! —Gabriel suspiró, pasando una mano por su rostro—. Mira, nena, vamos a hacer un trato. Si vuelves a patearme fuera de la cama, te juro que la próxima vez dormiré esposado a ti. Así, si caigo yo, caemos los dos. ¿Te parece justo?

—¡Eres un salvaje! —Isabella intentó empujarlo de nuevo, pero Gabriel atrapó sus manos con una sola de las suyas, inmovilizándola contra las almohadas.

La atmósfera cambió en un segundo. La risa desapareció. El peso de Gabriel sobre ella era abrumador, pero extrañamente reconfortante. Sus rostros estaban tan cerca que ella podía ver las motas doradas en sus ojos oscuros.

—Soy un salvaje, sí —susurró él, su voz volviéndose una caricia peligrosa—. Pero soy el salvaje que te quitó el velo frente a todo el mundo. Soy el salvaje que va a criar a tu hijo. Y soy el salvaje que no va a dejar que nadie, ni siquiera tú misma, te vuelva a hacer daño. Así que acostúmbrate, Isabella. Porque planeo abrazarte todas las noches de mi vida, te guste o no.

Isabella abrió la boca para replicar, para decirle que era un engreído, pero en ese momento, el sonido de alguien aclarándose la garganta desde la puerta abierta los hizo saltar.

Lucas estaba allí, con una bandeja de plata con café y frutas, mirando al techo con una paciencia infinita.

—Señor Miller... Señora Miller —dijo Lucas con su voz monótona—. Lamento interrumpir su... lucha libre matutina. Pero el médico llegará en quince minutos para la revisión de la señora. Y, señor... por el amor de todo lo sagrado, póngase unos pantalones. El personal de limpieza todavía está traumatizado por lo de ayer.

Gabriel soltó a Isabella y se puso en pie, sin rastro de vergüenza.

—Lucas, ¿alguna vez has oído hablar de tocar la puerta? —preguntó Gabriel, estirándose.

—Lo hice, señor. Tres veces. Pero los gritos de la señora Isabella sobre "tentáculos de pulpo" eran tan fuertes que supuse que estaban siendo atacados por un monstruo marino y vine al rescate —respondió Lucas, dejando la bandeja en la mesa con un movimiento impecable—. El café está caliente. La paciencia de su madre, no tanto. Los esperan abajo después del médico.

Lucas se giró y salió, cerrando la puerta con un clic sonoro.

Isabella se hundió en las sábanas, tapándose la cara con las manos, roja como un tomate. Gabriel, por su parte, caminó hacia el vestidor silbando una melodía ligera, dándole un último vistazo a su esposa por encima del hombro.

—Diez puntos por la patada, nena. Tienes fuerza en las piernas. Pero la próxima vez, intenta avisar... mis lumbares no son lo que eran a los diecisiete.

—¡Vete a la porra, Gabriel! —gritó ella desde debajo de las mantas.

—Yo también te quiero, nena —respondió él, desapareciendo en el vestidor con una sonrisa triunfante.

Isabella se quedó sola en la cama, respirando con dificultad. Su corazón latía a mil por hora, y por mucho que quisiera negarlo, el lado de la cama donde Gabriel había estado se sentía frío y vacío de repente.

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