Isabella estaba de pie junto al gran ventanal del estudio, observando cómo la seguridad de Gabriel patrullaba los jardines. Se sentía como una princesa en una torre de oro, protegida pero prisionera. Cuando escuchó los pasos pesados y seguros de Gabriel entrando en la habitación, no se giró. Sabía que era él por la forma en que el aire parecía cargarse de electricidad estática.
—Lucas me dijo que querías hablar conmigo, nena —dijo Gabriel, dejando su abrigo sobre una silla—. Espero que no sea p