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15 La palabra prohibida y el sabor de la rebelión

 

Isabella estaba de pie junto al gran ventanal del estudio, observando cómo la seguridad de Gabriel patrullaba los jardines. Se sentía como una princesa en una torre de oro, protegida pero prisionera. Cuando escuchó los pasos pesados y seguros de Gabriel entrando en la habitación, no se giró. Sabía que era él por la forma en que el aire parecía cargarse de electricidad estática.

—Lucas me dijo que querías hablar conmigo, nena —dijo Gabriel, dejando su abrigo sobre una silla—. Espero que no sea para quejarte de otro grillo, porque ya vaciamos el jardín.

Isabella se dio la vuelta, cruzando los brazos sobre su pecho. Su expresión era seria, desprovista de las bromas de la mañana.

—Gabriel, quiero agradecerte lo que estás haciendo —empezó ella, midiendo cada palabra—. Me has dado un refugio, has protegido a mi hijo y has puesto a Max en su lugar. Te lo agradezco, de verdad.

Gabriel arqueó una ceja, sospechando que había un "pero" del tamaño de una montaña acercándose.

—Pero... —la instó él, apoyándose contra el escritorio de caoba.

—Pero necesito trabajar —soltó ella de golpe—. Necesito ser independiente. No voy a quedarme aquí sentada esperando que me des una asignación semanal como si fuera una de tus empleadas. Quiero retomar mis proyectos, quiero mi propio dinero. Necesito estar lista para cuando nos divorciemos.

El silencio que siguió fue sepulcral. Isabella esperaba una discusión, tal vez un grito, pero lo que obtuvo fue algo mucho más inquietante: Gabriel soltó una carcajada. Una risa ronca, genuina y cargada de una ironía oscura que le erizó la piel.

—¿Divorcio? —repitió Gabriel, secándose una lágrima imaginaria del ojo—. Esa es la palabra más graciosa que te he oído decir, Isabella. De verdad, tienes un sentido del humor increíble.

—No es un chiste, Gabriel —espetó ella, dando un paso al frente—. Este es un matrimonio de conveniencia. Me casé contigo para protegerme de Max, y tú te casaste conmigo para humillarlo y tener lo que él perdió. Una vez que el bebé nazca y las aguas se calmen, cada uno seguirá su camino.

Gabriel dejó de reír. Su rostro se transformó, volviéndose la máscara fría del hombre que controlaba los bajos fondos de la ciudad. Se acercó a ella con una lentitud que la obligó a retroceder hasta que sus hombros chocaron contra el cristal del ventanal.

—Escúchame bien, nena —dijo él, acorralándola con sus brazos a cada lado de su cabeza—. En mi mundo, no hay divorcios. No somos los "ejecutivos" de Max que firman papeles y se dan la mano. Somos Miller de otra estirpe. Te puse mi anillo, te di mi apellido frente a Dios y mi familia, y llevas a mi heredero en el vientre. Hazte a la idea de una vez: vas a estar en mi vida hasta que uno de los dos deje de respirar.

—¡No puedes hacer eso! —chilló ella, golpeando su pecho—. ¡No soy un contrato que puedas renovar a perpetuidad! ¡Tengo derechos!

—Tus derechos terminan donde empieza mi obsesión por ti —susurró él, bajando la vista hacia sus labios—. No te traje aquí para dejarte ir, Isabella. Nunca más.

Antes de que ella pudiera replicar, Gabriel la tomó del rostro y la besó con una ferocidad que la dejó sin aliento. Fue un beso de posesión, una declaración de guerra. Isabella, en un arrebato de furia, cerró los dientes y lo mordió con fuerza en el labio inferior.

Gabriel se apartó un centímetro, saboreando el sabor metálico de su propia sangre. Sus ojos oscuros se encendieron, no con rabia, sino con un deseo primitivo.

—¿Así que quieres jugar sucio? —murmuró él con una sonrisa sangrienta—. Me encanta.

Volvió a besarla, esta vez con más intensidad, ignorando el dolor. Sus manos bajaron desde su cintura y empezaron a viajar por su muslo, subiendo el vestido de seda de Isabella con una urgencia que hizo que a ella le temblaran las rodillas. Ella intentó luchar, pero sus propios sentidos la estaban traicionando; el calor de Gabriel era como un imán.

La mano derecha de Gabriel subía con determinación, reclamando cada centímetro de su piel, hasta que de repente, una mano firme se cerró sobre su muñeca, deteniéndolo en seco.

No fue Isabella.

—Señor Miller —la voz de Lucas, cargada de una neutralidad profesional casi cómica, interrumpió el momento—. Su padre está en la línea dos. Dice que es urgente sobre el cargamento de los muelles. Y, si me permite la observación, la señora Miller parece que está a punto de prenderle fuego a su corbata.

Gabriel cerró los ojos, soltando un suspiro que sonó más como un rugido frustrado. Se separó de Isabella apenas unos milímetros, mirando a su guardaespaldas de reojo.

—Lucas... un día de estos, voy a enviarte de vacaciones permanentes a una fosa común —gruñó Gabriel, aunque soltó a Isabella.

Isabella, aprovechando el segundo de distracción y el hecho de que Lucas había "interrumpido" la mano derecha de Gabriel, se zafó del agarre, se arregló el vestido con manos temblorosas y le lanzó a Gabriel una mirada que podría haber derretido el acero.

—¡Ni en un millón de años, Gabriel! —gritó ella antes de salir corriendo del estudio hacia las escaleras.

Corrió por el pasillo y se encerró en su cuarto, echando la llave con un sonido metálico definitivo. Se apoyó contra la puerta, con el corazón martilleando contra sus costillas y el sabor de la sangre de Gabriel todavía en sus labios.

En el estudio, Gabriel se limpió el labio con el pulgar, mirando la mancha roja con una satisfacción perturbadora.

—¿Señor? —insistió Lucas, extendiendo el teléfono—. Su padre sigue esperando.

—Dile que lo llamo en cinco minutos, Lucas —respondió Gabriel, mirando hacia la puerta por donde Isabella había escapado—. Ahora mismo tengo que decidir qué oficina voy a montar para mi esposa. Porque si quiere trabajar, lo hará bajo mi techo, donde pueda verla cada hora del día.

—Como usted diga, señor —dijo Lucas, permitiéndose una pequeñísima sonrisa mientras negaba con la cabeza—. Aunque dudo que ella acepte el puesto de "Prisionera del Mes".

—Aceptará, Lucas. Al final, siempre acepta. Solo necesita recordarle quién manda... y ella sabe perfectamente que no es Max.

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