El vapor llenaba el cuarto de baño, creando una atmósfera densa y opaca que apenas dejaba ver la silueta de Isabella bajo el chorro de agua caliente. Ella cerró los ojos, dejando que las gotas golpearan su rostro, intentando lavar la sensación de los labios de Gabriel de su piel.
De repente, el aire frío se coló por un segundo. La puerta de la cabina de cristal se deslizó y una presencia masiva invadió su espacio.
—¡Gabriel! —Isabella soltó un grito, cubriéndose instintivamente—. ¡Sal de aquí a