Espuma, vapor y promesas de agua

 

El vapor llenaba el cuarto de baño, creando una atmósfera densa y opaca que apenas dejaba ver la silueta de Isabella bajo el chorro de agua caliente. Ella cerró los ojos, dejando que las gotas golpearan su rostro, intentando lavar la sensación de los labios de Gabriel de su piel.

De repente, el aire frío se coló por un segundo. La puerta de la cabina de cristal se deslizó y una presencia masiva invadió su espacio.

—¡Gabriel! —Isabella soltó un grito, cubriéndose instintivamente—. ¡Sal de aquí ahora mismo! ¡¿Qué demonios crees que haces?!

Gabriel no respondió con palabras. Con una parsimonia exasperante, se terminó de quitar la ropa interior y la arrojó fuera de la ducha. Entró por completo, cerrando la puerta tras de sí. El agua golpeó su torso tatuado, haciendo que su piel brillara bajo la luz tenue.

—Shhh, nena. Vas a despertar a todo el servicio —dijo él, su voz ronca vibrando en el espacio cerrado—. Solo estoy siendo ecológico. Hay que ahorrar agua, y esta ducha es lo suficientemente grande para los dos.

—¡No es gracioso! —espetó ella, intentando empujarlo, pero sus manos resbalaron por el pecho mojado de él—. ¡Sal de aquí, esto es invasión de privacidad!

—Es mi ducha, Isabella. Y eres mi esposa —Gabriel tomó el frasco de shampoo y vertió una cantidad generosa en su mano—. Date la vuelta. Te voy a lavar el cabello.

—¡Puedo hacerlo sola!

—Dije que te des la vuelta —su voz bajó un tono, volviéndose esa orden aterciopelada que ella odiaba obedecer.

A regañadientes, Isabella le dio la espalda. Sintió las manos grandes y fuertes de Gabriel masajear su cuero cabelludo con una delicadeza inesperada. El contacto era eléctrico. Él continuó con el jabón, deslizando la espuma por sus hombros y bajando por su espalda con movimientos lentos, casi ceremoniosos.

—Me duele... —susurró Isabella de repente, soltando un pequeño gemido que intentó reprimir.

—¿Qué te duele, nena? —preguntó él, deteniendo sus manos cerca de su cintura.

—El embarazo... siento mis pechos pesados, me molestan —confesó ella, bajando la mirada.

Gabriel no dudó. Sus manos, aún cubiertas de espuma, viajaron hacia adelante, rodeando su cuerpo desde atrás hasta encontrarlos. Isabella soltó un jadeo cuando sintió el calor de sus palmas sosteniendo su peso.

—Solo quiero ayudar —murmuró Gabriel contra su oído, su aliento caliente mezclándose con el vapor—. Sé que es incómodo. Déjame aliviarte un poco.

Empezó a acariciarlos con un masaje circular, firme pero suave. Isabella cerró los ojos, dejando caer la cabeza hacia atrás, apoyándola en el hombro de Gabriel. La fricción, el agua caliente y la cercanía de sus cuerpos crearon una tormenta sensorial.

Gabriel la giró lentamente para que quedara frente a él. La miró con una intensidad que parecía quemar más que el agua. Sus manos no dejaron de masajearla, subiendo el ritmo, sintiendo cómo ella reaccionaba a cada toque.

—Gabriel... —susurró ella, buscando aire.

Él la besó. No fue un beso de guerra como el del estudio, sino un beso profundo, hambriento, que sabía a rendición. Mientras sus lenguas se entrelazaban, Gabriel intensificó el roce de sus manos y la presionó contra la pared de azulejos, dejando que su propia anatomía buscara el contacto entre las piernas de ella.

El roce constante, el masaje rítmico y la tensión acumulada de días de peleas finalmente estallaron. Isabella arqueó la espalda, aferrándose a los hombros de Gabriel mientras un espasmo de placer puro la recorría. Casi al mismo tiempo, Gabriel soltó un gruñido profundo contra sus labios, llegando a su propio clímax solo con el contacto y la visión de ella entregada en sus brazos.

Se quedaron así durante largos minutos, con el agua cayendo sobre ellos, recuperando el aliento. Gabriel la rodeó con sus brazos, hundiendo el rostro en su cuello húmedo. Joder, era la primera vez que le pasaba algo así; perder el control de esa manera, sin ni siquiera haber llegado a lo último, solo por la intensidad de tenerla cerca.

—Isabella —dijo él, su voz todavía temblorosa—. Escúchame bien.

Ella abrió los ojos, todavía nublados por el placer.

—No puedo arreglar el pasado —continuó Gabriel, apretándola contra su pecho como si temiera que se evaporara con el vapor—. No puedo borrar que me fui, ni los dos años que pasaste con ese idiota. Pero te juro por la vida del hijo que llevas dentro que no te irás de mi lado. No hay divorcio, no hay escape. Eres mía, y voy a pasar el resto de mis días demostrándote que nadie te va a cuidar como yo.

Isabella no respondió con palabras, pero se aferró a su espalda, hundiendo sus uñas en su piel mojada. Odiaba amarlo, odiaba necesitarlo, pero en esa ducha, rodeada por sus brazos, la idea de irse se sentía como una sentencia de muerte que ya no quería firmar.

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